CESÁREO Gutiérrez Cortés, artista y pensador

Pedro Sevylla de Juana

Reflexiones de quien ha vivido.

Introito:
Artista pensador él, concebí a Cesáreo Gutiérrez Cortés como protagonista de la novela Ad Memoriam, publicada el año 2007 y reproducida no hace mucho en https://sevylladejuana.com/ad-memoriam/ Meses atrás tuve la intención de poner su vida y su obra a disposición directa de los lectores. Y así se lo expuse a Cesáreo. En una larga conversación me reveló su conformidad con el análisis que hice de su obra, y el descontento con la forma de contar hechos esenciales de la vida, en especial su muerte prematura. Así que deseó dar su propia versión de los hechos, más cercana a la realidad que la mía. Comprendí que debía concederle el derecho de rectificación que asiste a cualquier personaje. De modo que el trabajo que va a continuación, aunque no es global, puedo decir que es íntegro. Expone algunos elementos suyos que quiso destacar en el momento de componerlo. El título que da a la entrega ya es aclaratorio. La selección de ilustraciones del gran número elaborado por él en los tiempos de la pandemia, es también suya. Yo ni entro ni salgo porque así lo acordamos como solución.

 

 

Formas buscadas

 

Reflexiones de quien ha vivido
Por Cesáreo Gutiérrez Cortés

TODO cambia, nada es igual. Y así hasta que te acostumbras, hasta que te haces a las cosas. Y a las circunstancias. Soy Cesáreo Gutiérrez Cortés, nacido hace setenta y cinco años. Hijo de Felicitas y Antimo.
Sí, Antimo. A padre se lo pusieron y lo llevó con indiferencia, hasta con un poco de orgullo cuando conoció la antigüedad del nombre. Hijo y nieto de pastores, sabía a qué atenerse en las fluctuaciones del día a día. También cuando venían mal dadas. Madre, era hija y nieta de labradores. Unión poco común antes y ahora. Se avenían ellos bien en casi todas las ocasiones y tuvieron cinco hijos, dos varones y tres hembras. Padre poseía ovejas propias y madre heredó la casa familiar y una parcela de tierra próxima al agua. Tuvimos un buen pasar; no puedo quejarme de mi destino. Fui, fui y fui. Si no he llegado carece de trascendencia, el recorrido es, y ha sido, lo importante.

 

 

Jardines de Babilonia

 

Es invierno y sigo siendo Cesáreo Gutiérrez Cortés. Habréis leído cosas sobre mí, pero en esta confesión quiero poner los puntos sobre las íes y las haches donde corresponde. De los números me he ocupado menos, aunque suficiente para saber que ceros y comas cambian de valor, como las personas, dependiendo del lugar ocupado. Las personas, sí, las demás, los otros: arrimo y reserva. Ellas nos obligan al zigzag en el avance. Y al retroceso. Las tienes a favor, en contra o indiferentes. En el ejercicio de aumentar favorables y disminuir opuestas pasamos lo más de la vida. Tengo en cuenta que cada una de ellas es el centro de su mundo y, en casi todo, muy parecidas a mí. Buscan y desechan algo similar a lo que yo deshecho y busco, por eso pueden parecerme competidoras sin serlo. Amigos, esa posición que es recíproca o no es, he ido haciendo sin dificultad porque me doy mucho. Mujeres y varones sin distinción.
A estas alturas, ya sé que el amor verdadero no necesita ser correspondido, por eso sufro menos si no encuentro mi imagen en el espejo de la amada.

 

 

Paralelas

 

 

Trabajos manuales

 

Así que estoy yo con mi familia, y los demás con la suya. Y eso es importante, porque depende mucho de la familia a la que pertenezcas. Hijo solo o una decena de hermanos. También considero sustancial el lugar de nacimiento. En mi caso, Europa para empezar y España para continuar. Y en España, la Meseta Norte, provincia de Palencia. Un pueblecito pegado a la capital por el norte, en el antiguo camino real de Cantabria, iglesia, castillo y ermita: lugar precioso y con historia muy antigua. Tengo recuerdos imborrables, los pastos de Villazalama, los corrales y el chozo del páramo, las muchas fuentes del campo, el arroyo mayor y el monte. También de los peligrosos juegos del castillo, los baños en la acequia, las adoberas y las yeseras. Añado la suavidad de los corderos, y la desorientación de las ovejas cuando ladraban lo perros, amigos con apariencia de enemigos para ellas. Aunque algunas estaban al tanto y apreciaban sus desvelos por mantenerlas unidas. Sumo los días incómodos de lluvia, la salida y la puesta del sol vistas en el mismo día de trabajo; el esfuerzo hecho para cumplir los plazos, los itinerarios y los procesos íntegros. Sí, fui un perfeccionista de esos que no se conforman con lo aproximado, de los que quieren lo exacto. Se sufre y se goza por ello en muchas ocasiones. La vida es así, paradójica; se te hace larga o corta dependiendo de uno mismo, de los acontecimientos atravesados en pos de la culminación definitiva.

 

 

Desgajes

 

Oro en polvo

Esta noche soñé que era un director de cine reconocido internacionalmente. Habíamos acabado de rodar Las almas de don Juan, visión de los variados “don Juan” literarios. Íbamos a visionar el último montaje. Estábamos todos. Todos no, faltaba la taquillera del cine “Principal”. María Luisa me había dado su opinión en tales momentos de mis quince últimas películas. En cuanto comenzaba la sesión y cerraba la ventanilla, ya estaba ella en su mirilla empapándose de imágenes y juzgando la calidad de la fotografía, la coherencia del argumento y la sinceridad de la representación. Veía yo en ella, además, el alma del pueblo. No era superstición mía, tenía razones ciertas: mujer sencilla para ella las películas eran la vida contada por una amiga.
Al fin llegó rompiendo nuestra espera. Sentada a mi lado, no movió los ojos de la pantalla. Yo no moví mis ojos de su mirada.
No me hizo falta que hablara, sugerí los cambios al montador, y el montador estuvo de acuerdo. Última revisión y María Luisa apretó los labios complacida. Las almas de don Juan fue un éxito de taquilla.

 

 Ciudad de orden

 

 

 

 Reunión 1963

Hace unos días, antes de irme a dormir, vi un documental de National Geographic. Se titulaba Calentamiento Global Continuado. Conocimiento del presente y visión del futuro que te deja sin aliento y con muy poca esperanza. Me sentí culpable, corresponsable al menos de lo que se nos viene encima, Calentamiento global continuado, por sus siglas CGC, Cesáreo Gutiérrez Cortés. Qué ocurrirá si aumenta un grado la temperatura del planeta… Y si aumenta dos… O tres, o cuatro… Ahí no llegué, me sentí indispuesto. Prefiero no vivir para verlo. Y lo peor es que no hacemos nada para evitarlo. Las iniciales me acusan; y eso que soy muy cuidadoso del consumo y los desperdicios. El despilfarro es el mayor pecado humano en estos tiempos de insuficiencias crecientes. El despilfarro tras la acumulación de recursos innecesarios.
Hay enfermos que se crecen en el crecimiento de su creciente crecida fortuna. ¿Qué harán con su dinero cuando tengan ellos todo y los demás mueran de hambre y de frío o calor? Al paso que vamos eso ocurrirá más pronto que tarde.

 

 

 La Gran Perla

 

Las chicas, mis hermanas, vivían en cofradía de secretitos. Tardé mucho en entenderlas y no pude entrar del todo en su círculo cambiante. Mi hermano y yo, cada uno a su aire. Padre era más cercano a nosotros. Madre protegía a las chicas, y las azuzaba para que fueran valientes. Jugábamos a juegos distintos y distantes, pepitas, canicas, cartones, tabas, aro, pinche; y ellas teja y campana, comba, muñecas, comiditas y cosas así, insustanciales en nuestra opinión. Escalábamos paredes nosotros para alcanzar nidos, saltábamos tapias de cercados en busca de manzanas, peras, higos. Ni punto de comparación. Su adolescencia fue burbujeante, casi tanto como la nuestra.
Sus cambios de actitud nos sorprendían a mi hermano y a mí. Risa y llanto alternándose, pesimismo y seguridad en ellas mismas, arriba y abajo, derecha e izquierda. Llegaron antes que nosotros a la madurez, eso es bien cierto. Pero una madurez que no abarcaba todas las facetas por igual. Se preparaban para esposas y madres, unas veces sin querer y otras con visible intención.

 

 

 El ojo de la noche

 

Un día de octubre me llevaron a la escuela de párvulos. Estaba situada en la plaza del Corro, entre el salón de baile y la casa del alguacil y el ayuntamiento. Niños y niñas juntos, así era, de verdad. Allí las niñas no eran como las hermanas en casa, se parecían a los caramelos envueltos en brillante papel de colores de la capital. Llevaban ropas limpias, iban recién peinadas. Estaba yo sentado junto a Domi, y pronto nos dijimos novios. El encerado de la pared era enorme y pintábamos con clariones de todos los colores. En el dibujo destaqué enseguida, y a la hora de inventar historias. Me gustaba la escuela, primer piso sobre parte de la casa del alguacil, pupitres a nuestro tamaño, un perchero, el encerado y un armario de material escolar en el esconce. Salían dos ventanas a la plaza, una puerta iba al vestíbulo y desde él se llegaba a la escalera de bajada y al retrete, un poyato de madera con un agujero en medio en un rincón del corralillo. Los banzos de madera llegando hasta la plaza, junto a la entrada del ambigú y del baile. En la escuela de párvulos yo me encontraba muy a gusto.

 

La vida del fondo

 

 

Círculos

 

De la casa paterna podría decir los palmos y centímetros que mide cada rincón, cada pared y cada hueco de las alcobas y demás dependencias. Recuerdo que había 18 escalones para subir a lo de arriba. La casa donde vivimos, heredada por madre, tiene fachada de piedra hasta llegar al ladrillo de la planta alta. El lateral izquierdo abre otra calle con ventanas nuestras hasta llegar a la casa del vecino. El derecho limita con otra vivienda.
La parte trasera entrega el portón de tenada y corral a un callejón estrecho donde coinciden dos parientes. Abajo y adelante, la vivienda: portal, estufa, cocina, trastero y los dormitorios principales. Arriba dos habitaciones que dan a la calle, y las paneras que, estando sobre la cuadra, abren ventanas al corral.
Habitan la cuadra una mula, dos burros y un cerdo. Tenemos, además, muy cerca, el corral de padre, con tenada amplia donde guardamos las ovejas en invierno, porque en verano van a los corrales del páramo. La tierra de madre, está junto al arroyo de las adoberas y es una huerta de tamaño suficiente para el gasto familiar y un sobrante vendido a las amistades.

 

 

Conexión

Avanza el mes de abril y llueve con tiento; debido al refugio prestado por el alero, son gotas indirectas las que llegan al cristal desde el alféizar. Dividida la masa, su finura crece; y necesitadas del peso de otras se deslizan con lentitud a la espera de compañía que haga su ruta. La temperatura es algo fría, impropia de la época: principios de noviembre parece. El día posee un color gris e invita a la escritura densa y meditada; a la lectura profunda.
Aunque sea tan sólo respuesta a una hipotética pregunta que algún lector se haga, o testimonio destinado a los amigos, aquellos a quienes me debo; aunque su utilidad no pase de mi entorno cercano, creo positivo fijar al papel -razonado hasta agotar la capacidad lógica- mi pensamiento sobre los asuntos de médula y contenido, los que se reclaman transcendentes. Hablo de cuestiones que revolotean alrededor de la existencia, viniendo de antes y con expectativa de ir más allá. Más allá de donde acaba el término municipal de 3.300 hectáreas. Más allá de los términos vecinos, de los contiguos a ellos: tres lenguas en redondo.

 

 

 Colores

 

 

 

AHORA
Poema de Cesárero Gutiérrez Cortés

Cuando dan las dos de la tarde en el reloj alto de la iglesia
y el mes de julio llega a los dos tercios
no se atreve el día a cruzar las rastrojeras.

En la crítica hora de la siesta
–Tierra de Campos, Cerrato
mil novecientos sesenta –
dos lagartos censados en el páramo
y vecinas del arroyo tres culebras
del calor extremo se defienden
reptando entre las peñas.

Baja de la frente el sudor, enturbia la mirada
es salado en la punta de la lengua,
sobre los resecos labios descansa
riega el fuerte cuello,
el pecho enmarañado y las espaldas.

Es el tiempo inaplazable de los hechos
cuando se quiebra el tallo de la espiga
y desgrana el oro de los granos
el incandescente sol de medio día.

Liberemos la fuerza de los brazos
ahora que la fragua del herrero
con el fuelle alienta los tizones
y rojizo sobre el yunque espera el hierro.

Ahora que el cielo concede sus favores
cosecha plena en la llanura y en el valle,
ahora que el día es alargado
y la tarde no muere hasta muy tarde,
ahora que el rocío impregna las mañanas
de ingrávida frescura
despertando candorosas alboradas.

Ha de ser ahora
ahora que las nubes empujadas por el viento
amenazan con su carga de granizo a las espigas que se yerguen retadoras.
Ahora alcanza su sazón la exuberancia carnosa de la pulpa
ahora está tersa la piel y el jugo en su punto de dulzura.

Despojemos de fruto los frutales
que luego se desvanecen los aromas
y la lluvia quedamente acumulada
con premura apresurada se evapora.

Es la hora de los brazos en refriega
atropadoras impacientes y agosteros
armados de rastrillas de madera
de horcas de guinchos afilados
de hoces que agavillan y enmorenan.

Tiempo es de los héroes esforzados
fuertes torsos de purrir las nías
de subir a la espalda los costales
inteligencia de idear economías
voluntades enfrentadas al destino
resistentes a la sed y a la fatiga.

Es la hora de la verdad de las verdades
los hombres y las bestias aliados
cosechando los maduros cereales.

Ytodo debe hacerse ahora
porque después es tarde.

Cesáreo Gutiérrez Cortés Fuentes de VaLdepero, julio de 1960

 Interior íntegro

 

 

Fraude
Poema de Cesáreo Gutiérrez Cortés

La lánguida belleza del crepúsculo
nos descubre las armónicas
arrugas del día
a quienes amamos el amanecer prístino
de las jornadas otoñales.

Nada es por completo
como lo imaginan los sueños,
las pinceladas no se suman
al lienzo,
no llegan a integrarse.
Óleo sobre el óleo y la acuarela,
óleo acrílico,
madera de roble el soporte
que sonríe marrones agradecidos.
Y sobre la pintura
un lienzo que la cubre
protegiéndola de las miradas profanas.

La firma, tres trazos de ausencia,
si la comprueba un experto
hallará que no concuerda.

 

 

 

 

Naturaleza /Natureza

Adolescencia
Poema de Cesáreo Gutiérrez Cortés

…………..A la forastera que pasaba la Fiesta Mayor
…………. en casa de su prima.

No sé si estaba escrita en la palma de la mano
tu llegada a mi vida
porque el gitano que me leyó el futuro a los diez años
no te halló en las líneas.

Tu voz de arroyo joven
de rio ansiando el mar,
la dulzura de tu rostro, sonrisa leve,
poderoso imán;
tu definición por la palabra
por los precisos gestos
por la concreción de la mirada
y la trasparencia exacta de tu sinceridad,
no me fueron anunciadas
un día de rosquillas en mi aldea, fiesta popular.

Tu oportuna llegada abrió ventanas al cielo
y hubo estrellas donde antes solo había
parpadeos de luces y misterio;
enriqueció mis sueños domesticados en la rutina
aportó valores canjeables por rocío en la rosa
lluvia en el páramo y Sol rojizo llegando hasta la Luna,
naturaleza en su esplendor primero
y entró tu voluntad
en mi corazón recién abierto.

Un año después tan solo, septiembre de nuevo,
ya eras mujer
cálidas colinas
fuego y miel.

Pasamos juntos esos días de pasacalles
y fuegos de artificio,
bailes en la plaza del Corro entusiasmada
segundos, minutos, horas
días enteros y parte de sus noches;
amé yo más que tú
y tú amaste más que yo,
nos dijimos felices al borde de las manos,
en el interior de los labios
y en los ventrículos cantarines del festivo corazón.

Hemos hablado tanto en tan poco tiempo
que te conozco por los relatos de tu historia
lo que a diario sucede sin que tú lo quieras
lo que no ocurre y tu quisieras
y los finales felices.

Juntos hemos soñado
sueños junto a sueños
la Tierra toda a nuestros pies
montañas y llanuras
árboles
estatuas
y la parte de las ciudades que no dejan ver los edificios.

Nuestra Señora la Antigua, finales de septiembre.
Te tengo más en el Otoño,
eres más mía con la caída de las hojas
el frío te lleva a las estrellas
pasas allí la primavera y el verano
regresas por la vendimia
nos compenetramos unos instantes
y nos separamos soñando ocres y amarillos.

No por inevitables, tus huidas
son menos dolorosas,
dejan sin claridad mis días
y mis noches sin sombras.

Has inundado mi Universo de poesía
y me siento liberado.
He soñado que llenaba
tus labios de labios,
tu palabra de nombres
tu piel de arena
y me siento necesitado.

Cuanto más tiempo pasa más nos queda.
El tiempo es circular o elíptico
como la elíptica órbita de los mundos en el Cielo,
como los elípticos días
y los elípticos años que el cometa Halley
y tú
tardáis en regresar.

No conozco tu órbita precisa
ni doy por seguro tu regreso
pero el próximo septiembre a prima hora
si te traen la Fiesta Mayor y la vendimia
como acostumbran a hacerlo,
dejaré lo que tenga entre las manos
y te haré a mi lado un hueco
por si quisieras quedarte de manera permanente
mesa, silla y lecho.

 

 Luces y sombras

 

Serían las diez de la mañana cuando llegó el matachín. Era diario y yo no había ido a la escuela. Un festivo tolerado por la maestra una y otra vez. Podía llamarse Teófilo, pero no era ese su nombre. Cuchillos largos, cortos, anchos, delgados… y el gancho. El gancho me daba más miedo que los cuchillos. Mi padre, mi madre, mis tías y dos vecinas. Yo era el objeto de sus miradas. Cuando el gancho lo agarró por la papada, los berridos del cerdo me hicieron llorar. Lo había dado harina de almortas disuelta en agua caliente y patatas pequeñas de las que no se vendían. Lo sujetaron varios y el matachín clavó el cuchillo apropiado en el lugar exacto del corazón. A un balde de zinc caía la sangre a borbotones, y mi madre la removía para evitar la coagulación. Así me lo explicó más tarde.
Serían las once cuando lo vi chamuscar, tumbar en el banco y afeitar con cuchillos afilados, puchíteras ya arrancadas con el gancho.
Había un chaval que iba de matanza en matanza recogiendo esas uñas negras de las pezuñas; ignoro que hacía con ellas, pero había oído yo decir que del cerdo se come todo.

 

 

 

 Desgaje

 

Vi como izaban sus quince arrobas abierto en canal cabeza arriba, dejándolo colgado de la viga más fuerte, la que soporta el tejado al inicio de la tenada. Así pasaría la helada de la noche congelándose. A mediodía del día siguiente regresó el matachín para destazarlo. Observé su destreza en los tajos y en las secciones. Iba pieza a pieza, y en una mesa que pusieron al lado, daba forma precisa a los perniles, el jamón, el lomo, las orejas, el morro, el sabroso pernil de la cabeza, de donde salían los torreznos de hebra que tanto gustaban a nuestro padre. Mis hermanas ayudaban en lo que podían. Mi hermano no se separaba de mi lado observando y sintiendo lo mismo que yo, curiosidad dolorida.
En los días siguientes, ya oreado al relente nocturno, entraban las piezas en el pozal de salmuera o en la abundante sal. Las mujeres picaban la carne para los chorizos, cortaban la cebolla para las morcillas y cocinaban las pruebas. Nosotros llevábamos la ración a los familiares y amigos, al cura, al médico y al veterinario.
El certificado del veterinario sobre la ausencia de triquina daba luz verde al consumo que ya habíamos comenzado sin miedo.

 

 

 

Trasparencias

 

Cabe pensar, me digo, que, siendo el Universo materia y energía, susceptibles ambas de pasar de un estado al otro, finito añadido o restado al infinito sin producir crecimiento ni merma; la materia, limitada y efímera como la conocemos, nació, cabe pensarlo, de la energía inacabable.
Es lícito pensar que el Creador, preexistente, hizo punto de partida universal de su sola esencia; energía eterna e infinita la divinidad matriz, susceptible de transformarse en materia inestable sin detrimento de sí misma. A la forma de ser y comportarse de ambas llamamos leyes naturales, y Creación al momento inicial de la metamorfosis. Cabe pensar que el hombre está constituido de ese material transitorio, carente de voluntad e inteligencia; y de energía, divino ingrediente libre de servidumbres. Algo de sensatez poseerá esta teoría si ha llegado hasta ahora y continúa extendiéndose por los siglos y los espacios.

 

Sea la LUZ

 

De la escuela de párvulos, a los seis años, pasé a la de mayores: escuela unitaria de niños, sesenta chavales entre los seis y los catorce años. Pared con pared aprendían las niñas. Hay que pensar que, al término de la escuela, nos esperaba el trabajo adulto, quizá un aprendizaje serio. Los niños trabajábamos en casa desde niños, dependiendo de la familia. Yo comencé a los diez años, quizá antes. Los ratos libres servían para llevar a cabo tareas sencillas, y para jugar. Roque Mediavilla, don Roque, era el maestro que se empeñaba en hacernos hombres de provecho seguros de nosotros mismos. Iba y venía de Monzón de Campos en bicicleta. Traía y llevaba una cesta con la comida y el agua. Lo recordaré siempre, nos dio tanto…
En mi debió de ver algo de destreza para las tareas manuales, porque se las arregló para que, al llegar los catorce, entrara en la Escuela de Artes y Oficios de Palencia, donde fui cada día en bicicleta a aprender matricería.

 

 

 

Ostra

 

Conciliando en sí misma los contrarios, el alma ha de poseer capacidad de sufrimiento y de goce, para padecer o gustar los premios y castigos eternos que la lleguen según merecimientos.
En las encrucijadas mi inteligencia se queda perpleja un buen rato, sin saber qué camino tomar.
Me distrae una avecilla minúscula, poco mayor que un abejorro, menor que un gorrión; amarillenta, verdosa, rojiza, de alas breves y pico alargado. Es posible que haya escapado de una jaula vecina. Puede que esperara algún descuido, cuando hace un rato la joven que mima su cárcel añadía alpiste al cuenco mermado. Se posa buscando un refugio momentáneo a la lluvia que cae sin resquicios y -al percibir el movimiento de mi cabeza, quizá la cambiante atención de mi mirada- reanuda el torpe aleteo sin claro objetivo.

 

 

Al principio

 

¿Tiene alma el esclavo? Me hago esta pregunta, insensata en apariencia, porque supuestos en la persona el conocimiento bastante para decidir sin errores -que no se da siempre como es bien sabido- y el propósito preciso de llevar o no las decisiones a efecto, la clave viene a descansar sobre la tan traída y llevada independencia, verdadero ídolo de la juventud humana. Conquista del individuo y de los pueblos, aparece constreñida sin ambigüedades que induzcan a la confusión. Restringen autonomía las normas sociales, reduce el instinto animal que conservamos, fuerza incontrolable en su actuar reflejo; y la razón resta, ya que transita carriles tirados a su paso, facultad del cerebro movida por estímulos ajenos a la voluntad.

 

 

Amanecer

 

 

La lluvia declina su sencilla labor hasta llegar a la quietud completa. Sin refuerzos, se van evaporando de manera imperceptible las gotitas que salpican el cristal, y a su marcha dejan trazas del polvo que vino en ellas diluido, carbonato cálcico o alguna sal hermana.
Y si después de su constante ceder, quedara de la independencia sólo una huella tenue; si a la postre no fuera otra cosa que agua disipada; ¡ay!, entonces, mi corazón y mi cerebro, confabulados en su búsqueda y defensa, ¡cuánto sufrirían! Debido a que el alma, falta de independencia, no puede ser juzgada; el premio o el castigo perpetuos se hacen imposibles, y en contexto tal, la condición de eterna reclamada para el alma carecería de sentido. Voy un poco más lejos; fallida su eternidad, en hálito vital se queda, común a plantas y animales. Me compadezco a menudo de los minerales; distante yo de la razón sin duda, pues son imprescindible suelo y conveniente alimento de bichos y matojos.

 

 

 Filtrado

 

Finalizado el chaparrón, la avecilla de húmedas y pesadas plumas, a duras penas encuentra el camino de la jaula vacía. La joven cuidadora celebra sonriente su regreso. No cierra la puerta de golpe; confiada, parsimoniosa, empuja despacio la reja hacia su ajuste, deleitándose.
De suceder así, de discurrir por este lecho el río de la vida, que lo dudo; la verdad tan buscada, el Demiurgo, necesario creador de las cosas, redactor meticuloso de las leyes naturales, termina ahí su tarea. Ya no es definidor de bondades, ya no es juez, ya no clausura el círculo infinito y eterno. Se quedan en poco las teorías tejidas a su alrededor, las mismas que explican la divina substancia milímetro a milímetro.
Las creencias y el intelecto son contendientes en el continuo transitar de los días. Dispara el credo salvas que no dan en el blanco ni en las inmediaciones. Dardos lanza la inteligencia que atinan en el centro de la diana equivocada.

 

 

Fondo aumentado

 

Completados con interés y provecho los años de estudios en la Escuela de Artes y Oficios, entré como aprendiz en un taller de montaje de elementos industriales. El maestro me puso a su lado para enseñarme, según dijo. Aunque, en realidad, también de mí aprendía. Era honesto y lo reconoció. Tiempo después supe que una fábrica de automóviles franceses buscaba operarios titulados en mi especialidad. Presenté mi solicitud y fui aceptado. Allá que me fui, con un sentimiento agridulce en mis hermanas y padres. Mi hermano se alegró por mí, apremiándome a que le encontrara allí un trabajo. En aquel tiempo de emigración generalizada, Alemania era el país que ganaba con mucho como destino. Dentro de Europa, Francia quedaba lejos en ese sentido.
Mi amigo Pedro me instruyó en las bases del idioma de allí, no muy distante del nuestro. Me regaló una gramática y un diccionario elementales, y partí sabiendo cuatro palabras corrientes y con muchas ganas de aprenderlo todo.

 

 

Conjunciones

 

Recuerdo que, en el tiempo de la escuela de mayores, durante una larga temporada fui monaguillo. Las misas eran en latín, lo que me causó un gran contratiempo. No paré hasta conseguir un misal que decía lo mismo, pero en castellano. Comprendido el intríngulis, salía de la iglesia satisfecho de cada representación. No lo digo así con intención de juzgar lo hecho y dicho por el cura como si fuera acto único y definitivo. No, era representación porque repetía la fórmula y la forma cada día, como en los teatros. Sin embargo, a mí me parecía todo serio y cierto porque quien lo decía, don Jesús Fernández Pinacho, verdadero sacerdote, era un hombre incapaz de mentir. Así que yo lo creía en el sentido estricto de la definición de fe, aceptar lo que no vimos basado en la confianza que tenemos en quien lo dice convencido de la certidumbre de lo dicho. Cada día hacia nueva realidad de la carne y la sangre del Hijo de Dios, alimentándose con ellas a la vista de todos. Los feligreses que lo veían una y otra vez, no daban muestras de sorprenderse. Yo terminé por tocar la esquila en la consagración, para llamar la atención sobre lo que estaba sucediendo.

 

 

 

Mascarada

 

A los dieciocho años publiqué el primer relato breve; una revista de Palencia me hizo ese favor, atendiendo al interés popular del tema abordado: vivencias de un pastor joven, en lo referente al cuidado de las ovejas, el ordeño, el esquilado y la elaboración del queso. Otros vieron la luz en los meses posteriores; puede que algún poema. De modo que, en vísperas de salir para Francia, una editora de ámbito regional me imprimió y distribuyó doscientos ejemplares de un libro completo, el orgullo ocupó mi pecho sin apreturas ni reboses. Recogía en él memorias escritas en un tiempo amplio, y aunque está salpicado de los defectos propios de una escritura primeriza, contiene un aderezo de frescura y candor muy a propósito para el asunto desarrollado. Resultaba prematuro hablar de estilo, porque a lo largo de las ciento ochenta páginas pueden distinguirse claras y distintas influencias: José María de Pereda, Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas y cinco o seis maestros de la narrativa del primer tercio del siglo. Viajó conmigo, custodiado como oro en paño, hasta que se lo regalé a un jardinero de Timimoun hallado en un hospital de París. Convalecía yo de unas fiebres infecciosas y él había sido operado in extremis por él único médico capaz de salvarlo, viaje pagado a escote por los miembros de su comunidad. Como la persona más noble de todas las que he conocido en mis viajes no entendía el castellano, se lo leí a trozos traduciéndolo al francés. Le gustó tanto que, se lo entregué. Lo aceptó como testimonio de nuestro encuentro. Prometí visitarlo en su Oasis, bellísima ciudad del desierto argelino, y estaba decidido a cumplir la promesa. Le escribí al hospital desde uno de mis viajes, y su carta no pudo dar conmigo. Le escribí a su ciudad, y un pariente me anunció la muerte cuando ya se consideraba recuperado.

 

 

 

Lo último en cráneos

 

Buscando entre mis papeles para explicarme aquí, hallé un cuaderno escrito cuando, cumplidos los cincuenta, había recorrido medio mundo y pensaba.
Soy un buscador de partes para hacer con ellas el todo. Divido los pedazos grandes hasta conseguir partículas asequibles a mi capacidad reducida. Mi terreno de búsqueda es el mar; allá donde llegan los rayos de sol llego yo apresando irisados reflejos, el pigmento mínimo del coral que, unido a miríadas de minúsculos hermanos, forma enormes colonias y la gran barrera de arrecifes. Mi campo de batalla es la tierra, comprometida con el futuro a través del esperma y las esporas, por medio de la selección y el crecimiento. El lugar de mi aventura es el aire, las corrientes que impulsan mis alas hacia arriba, a la conquista de los mundos y de los espacios interestelares. Yo soy el hombre y mis manos unen los mimbres en cestos, las piedras en catedrales y la tierra en barreras que sujetan el agua. Abren mis manos canales que riegan los campos sedientos, pescan peces huidizos y los llevan al mercado en un cesto de mimbres. Yo soy el hombre y, en el altar de las ofrendas, mis manos sacrifican una gacela inocente al deletéreo dios de la vida.

 

 

Búsqueda

 

Chuzo y la oveja Negra Relato de Cesáreo Gutiérrez Cortés

Me lo regaló la mujer del herrero, una vecina a quien vendíamos hortalizas y yo añadía una pieza porque me caían bien sus cucamonas. Así que Chuzo vino ya con nombre. Arma arrojadiza o lluvia extrema, a mí me pareció de perlas el apelativo. Mestizo y sin senderear conseguí que obedeciera. Chuzo, ¡allá! Y marchaba como una flecha hacia el alboroto imponiendo el orden. Se crecía erguido, ojo avizor y su estampa imponía. Enseñaba los dientes, ladraba con ímpetu y tardaba un segundo en llegar y alinear. Me costó alcanzar eso día tras día. Las ovejas colaboraron.
La Negra, no. Nada iba con ella ya desde cordera. Me desobedecía a mí y se plantaba ante Chuzo. Caso perdido de rebeldía. Para ella era un juego la desobediencia. Cuando todas buscaban la concentración, ella subida a la loma, nos desafiaba. Chuzo lo intentó por las buenas. A mí no se me había ocurrido. En los momentos de rumia y descanso, chuzo se situaba su lado meloso. Le daba confianza y se fue acostumbrando a su presencia. Llegó un momento sorprendente. Si Chuzo permanecía a mi lado, Negra venía con nosotros. Se hicieron inseparables. En una desbandada vi a Negra empujar a un grupo hasta el redondel. Entonces hice una cruz en el agua, dejando de considerar imposibles.

 

 

Catedral vegetal

 

En Francia, de haberme destinado a la cadena de montaje, ahora tendría una parte de autómata carente de iniciativa. Pero mi preparación superó las pruebas iniciales y, a falta de progreso en el idioma, entré de ayudante en la oficina de estudios y proyectos. Cosa de poco al principio, aprendía los tejes y manejes del departamento y, como estudiaba francés hasta las tantas de la madrugada, avanzaba en expresión y entendimiento. Oía la radio -partes informativos y radionovelas- alcanzando una cierta fluidez que sorprendió a mi jefe.
Comencé a leer escritores de la literatura en francés, y a interesarme por los viajes casi a un tiempo. Ignoraba que esas dos aficiones y mi gusto por el dibujo iban a darme una forma de vida interesante.
En estudios y proyectos tenía un puesto afirmado, cuando comencé a colaborar en revistas de viajes con artículos bien recibidos. Tenía una limitación geográfica, pues solo viaja los días festivos y en vacaciones. Cuando los países próximos estuvieron trillados, dejé el trabajo fijo y me dediqué a viajar por los cuatro puntos cardinales. Y esa ha sido mi vida en su mayor parte.

 

 

 

De ahora en adelante

 

 

 Diversidad cromática y lineal

 

En mi libro, Francia, una sociedad en quiebra, puse de relieve la invariable contradicción de un país que escudriñé cuanto pude. Cito a pensadores de la talla de Rimbaud, Michaux, Fourier, Alfieri, Balzac y Maquiavelo, para destacar el abismal alejamiento existente entre una intelectualidad: trazadora de directrices, indicadora de caminos, aunque comprometida con el sistema y privada de vertientes de inocencia; y una gran masa iletrada falta de interés por cuanto le es ajeno. Resulta ser egoísta individual y colectivamente considerada, vive encerrada en su país-aldea, es corta de miras y avanza en círculo creyéndose, a más del centro del mundo, el mundo entero. Constato la existencia de un empresariado que, en el interior, vive con la vocación, la voluntad y las inquietudes del tendero de barrio; sin otras aspiraciones que la continuidad y la presencia de un remanente de caja después de efectuar los pagos; y en el exterior, como colonizador de unos mercados menores a los que desprecia, imponiendo en ellos las normas y directrices de la metrópoli sin otro aval que el origen.
Todo ello propiciado por la acción de una clase política que, salvo honrosas y bien conocidas excepciones, no ha superado la medianía tecnocrática y el oportunismo; poniéndose, sin muchos remordimientos, al servicio de la vulgaridad generalizada por mor de los votos imprescindibles para recibir al futuro desde el poder.
Quiebra social llamé a este efecto, que los medios de comunicación, empeñados en ganar audiencia aun a costa de los principios éticos, aceleran.
Los grandes creadores que Francia ha dado al mundo, y los que el mundo ha entregado a Francia, que Francia ha aceptado con generosidad, no logran romper la coraza de la apatía y el corsé del desprecio por el progreso intelectual, que la clase media y la alta burguesía han exhibido sin contrición.
Sucede que concreté en Francia un problema generalizado; realidad de cualquier país que queramos considerar: una por una todas las democracias modernas.

 

 

 

 Descontaminación

 

En la época gala, atendiendo a las necesidades laborales, pude conocer los países cercanos: Bélgica, Holanda, Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia. Recorridos de los que se empapó mi espíritu ávido de belleza, trasladados luego en forma de artículos enviados a varias revistas especializadas. Más tarde se hicieron libro con el título de Caminos encontrados.
La explicación del éxito obtenido en forma de guía de viajes, puede encontrarse en la complementariedad de los elementos volcados, de las diversas técnicas utilizadas en la ilustración. Una de tales es la fotografía: profusión de escenas de la vida diaria, tomadas en mis recorridos y reveladas por mí mismo. “La mirada ha aprehendido con firmeza al sujeto, se ha apoderado de él –cosa, escena de la vida o paisaje- y lo ha interpretado, porque el deseo quiere que el sujeto baile a su son. Se abre el diafragma para recibir la realidad inficionada de fingimiento, y la emulsión la captura bañada de luz, mordida por las sombras. Se ciñe a la inspiración la ampliadora, acomodando la imagen a mi estética. La foto sugiere un asunto distinto al primitivo –pieza, panorama o suceso- diferente al buscado, sin duda; y descubre a las nuevas miradas atributos insospechados por insospechables». Palabras que reflejan mi propósito de hacerme cangilón de noria, y subir desde el subsuelo una interpretación personal de los contornos, para situarla al alcance del lector. Poseía yo el dominio de recursos que necesitan cierta disposición artística, como el encuadre y la composición; y de ahí surge la colección de retratos campesinos expuesta en el Primer Salón Provincial de Artes Modernas y Contemporáneas, celebrado en Salamanca con la inestimable colaboración de Úrsula.

 

 

 

El dragón

 

 

Cesáreo Gutiérrez Cortés, traductor
En palabras de la gran literata portuguesa y colonial Joana Ruas, Dadolin murak, en idioma tétum poemas preciosos, es, también, el seudónimo de uno de los principales poetas de la generación posterior a la independencia de Timor-Leste. Pertenece Dadolin Murak a una generación de intelectuales timorenses formados en el sistema educativo indonesio. Durante la guerra, Dadolin sufrió la pérdida de familiares y amigos. Dadolin Murak escribe en tétum, la lengua nacional del pueblo timorense. Al igual que los «lianain», hablantes y estudiosos del tetum-terik o tetum clásico, que atesoran en la memoria los hechos de sus antepasados para contarlos a las generaciones futuras, Dadolin Murak, saliendo del universo de lo sagrado, dominio del tetum-terik, optó por el tetum-ágora, un lenguaje formado con palabras de calles y callejas que, abrazando el universo sentimental y revolucionario del pueblo, concilia tradición y revolución.

Un Cancionero para Timor

Dadolin Murak
Carta al coronavirus

Traducido del original tétum al portugués por Joana Ruas.
Traducido del portugués al castellano por Cesáreo Gutiérrez Cortés
Hola, Coronavirus, veo que estás trabajando arduamente en Wuhan, Italia e Indonesia y que ahora has llegado a mi amada tierra, Timor-Leste. Esta no es una carta amistosa. Eres tú como las negras nubes de tormenta que nos impiden ver la Luna, eres como esas mareas salvajes que nos impiden alcanzar la seguridad de la playa y amenazan con lanzarnos a los abismos de las profundidades. Te escribo con angustia y rabia, con tristeza y lágrimas. Anoche, antes de acostarme, salí al jardín, y mirando las estrellas pregunté: «¿qué sabéis sobre el coronavirus?
Al no tener respuesta, permanecieron calladas. No obstante, vieron que nadie se reunía bajo ellas, que nadie cantaba o hablaba con los amigos como de costumbre, y las estrellas se entristecieron. Incluso el kakuk que se posa en las ramas del samatuku tenía un aire sombrío. Entré en casa, pero no pude conciliar el sueño. Antes del amanecer me levanté de nuevo y esperé en la oscuridad la salida del sol para dirigirme a él: «Sol, susurré, ¿qué sabes sobre este coronavirus? ¿Puedes ayudarnos?» El sol apareció silencioso en el cielo, pero no dijo nada. Quedé en el jardín hasta que vino una mariposa posándose en una rosa. Agitó sus alas y me miró como si dijese: «Cálmate, recuerda que el mundo es bello, los vientos fríos todavía soplan, las olas seguirán batiendo en la playa y los gallos continuarán su canto al alba». Ya era de día. Qué grata fue para mí la aparición de la mariposa, pues su mensaje parecía una oración dirigida a la naturaleza.
Corona, te digo esto para que conozcas lo difícil que nos estás poniendo las cosas. Creo que ves la desgracia que causas en todo el mundo, con las personas llorando a sus muertos. En China, en Italia, en docenas de otros países. La misma estructura de nuestras sociedades ha sido sacudida desde que llegaste, incluso la maquinaria del capitalismo. Los ricos que escondieron sus miles de millones de miles de millones perdieron el sueño mientras observaban desvanecerse su fortuna por momentos. Quizá haya una lección en algunos de los daños que causaste en el mundo.
¿De dónde vienes? ¿Por qué apareciste ahora? ¿Estás tratando de decirnos algo? Permanezco despierto noches enteras pensando en la destrucción que originas: los ancianos jadeando como si les pusieras un pie en el pecho, las ciudades vacías y las personas atemorizadas. Y pienso: tal vez eres el castigo de la naturaleza, una manera suya de decirnos que hemos ido demasiado lejos. Es cierto, cuando los coches y camiones se detengan, el cielo volverá a estar límpido. Y cuando las fábricas cierren, dejarán de soltar los productos nocivos que están cambiando nuestro clima. Quizás debiéramos pedirte perdón por los líderes políticos que nunca creyeron en el cambio climático o, peor aún, sabiendo lo que sucedía, se negaron a actuar por miedo a perder su elevada posición. Entonces, te pregunto Corona virus si esto es lo que quieres, porque tal vez podamos llegar a un acuerdo: cesa en tu ataque y trataremos de detener la destrucción de nuestro planeta. Es posible que desees ver las aguas llenas de vida nuevamente, y que los delfines regresen a Venecia. De acuerdo. Entonces deja de matar a nuestros amigos italianos y podremos hablar. O tal vez quieras probar la solidaridad que los seres humanos tenemos unos con otros. Si nos dejas vivir, tal vez podamos obrar en consecuencia. Observa a la gente en sus balcones cantando unos a otros en Europa. ¿Ves los equipos médicos de China y Cuba que viajaron allí para ayudar a los enfermos? Esta es ciertamente una señal de que no todo está perdido. Otros, sin embargo, lo ven como una oportunidad para promover su propia agenda egoísta. ¿Quizás quieras enviar un mensaje a los fascistas, cleptócratas y defensores de la guerra en el mundo? Eso es comprensible, pero si es así, ¿no podrías simplemente acabar con Trump, Bolsonaro y otros parecidos?
Corona, sabes lo frágiles que somos como especie, cuán individualistas podemos llegar a ser y que, probablemente, cerremos los ojos a los problemas de los demás en tiempos difíciles. Incluso ahora, algunos corren a las tiendas para comprar en exceso bienes esenciales como si los demás no los necesitaran, y los hay que aprovechan la desesperación general para aumentar los precios de los bienes esenciales. Los hay que no aceptan la cuarentena sin protestar. Somos débiles, pero déjanos serlo. Somos conscientes de que, acaso por nuestra codicia, nuestra ambición política, o nuestra tendencia a matarnos, tú, Coronavirus, y tus desagradables amigos comenzásteis a atacarnos. También somos conscientes de cómo nuestras vidas están llenas de «falsa conciencia», de estar demasiado involucrados con nuestros propios pensamientos, y al hacerlo perdemos de vista lo que importa: nuestro planeta. Por lo tanto, corremos el riesgo de convertirnos en meros depredadores unos de otros y del mundo en el que vivimos.
Corona, apareciste entre nosotros, en nuestra nación, la República Democrática de Timor-Leste, una nación joven, pobre y frágil. Sabes muy bien que desde la independencia no hemos logrado construir un sistema de salud efectivo, y que muchos han muerto esperando uno. Debe saber que, aunque tenemos riqueza, la desperdiciamos en proyectos de infraestructura que no dan beneficios directos a nuestra gente. Sabes que, aunque hemos logrado nuestra libertad, nuestros líderes han pasado mucho tiempo discutiendo sobre el ego y el poder. Y, sabiendo eso, todavía deseas que nosotros también caigamos muertos como todas esas personas en Wuhan e Italia. Ah! por favor, Corona virus, te lo suplicamos porque ya hemos sufrido lo suficiente. Queremos que nuestros cielos estén libres de humo y polvo urbano nuevamente, queremos reunirnos en paz a la luz de las estrellas y la luna, queremos ver delfines jugando en las aguas cristalinas del mar y pájaros salvajes saltando de rama en rama, cantando canciones a una nueva vida. Queremos redescubrir nuestra solidaridad mutua, queremos formar parte de la propia vida. Estamos intentando mejorar. Por favor, déjanos solos. Adiós.
Traducción del portugués por Cesáreo Gutiérrez Cortés

Composición

Frases de Cesáreo Gutiérrez Cortés

Soy quien soy, porque cuando no lo soy, trato de serlo.
Por muchas nadas que añadas a tu nada, nunca tendrás una nada más grande.
Estamos entrando en la era digital y el cero, símbolo de la nada, es buscado por los otros dígitos para engrandecerse.
El dinero digital lleva a los acumuladores a un ingente temor a perderlo.
Las cosas son como son y, a veces, ni siquiera eso.
El hambre es la prueba del nueve de la democracia.
El hambre y las grandes fortunas, tan dispares, tienen relación de causa y efecto.
Todos pudimos ver el cadáver del dictador, pero nadie vio el cadáver de la dictadura.
La duda está entre circunferencia o elipse, pero queda claro que la Transición en España fue una curva cerrada.
Dijo el poeta: «Una de las dos Españas ha de helarte el corazón». Y lo peor sucede cuando te lo hielan las dos, añado rimando.
Confirmado: el futuro será aún más selectivo. La justicia distributiva se aleja.
Cada día trae algo a alguien, cada día se lleva algo de muchos.
Si la poesía no nos da un poco de lo que nos quitan, nos 
quita un poco de lo que nos dan.
La vida unas veces te empuja y otras veces te arrastra.
La poesía es la salida que la persona da a su laberinto.
La izquierda de este país lleva demasiado tiempo siendo, simplemente, zurda.
Estoy convencido: si fuéramos ganado, tampoco seríamos ganado bravo.
La soledad contempla el desfile de la vida desde su castillo interior.
El amor puede llegar a ser el más sutil de los egoísmos.
El amor puede llegar a ser una catarata ascendente.
Entre lo que se hace y lo que se cuenta como hecho, suele haber mucho trecho.
De niño creí que, estando la Tierra lejos de la Luna, la Luna estaba cerca de la Tierra.
Algunas personas necesitan creer para ver, otras precisan ver para creer.

 

 

 En pleno vuelo

 

 

Pensamientos de Cesáreo Gutiérrez Cortés

AL principio era el CAOS, al final será el CAOS. Todo lo demás, espacio-tiempo habitado por los seres vivos, no es más que un breve INTERREGNO.

LO MALO ocurre porque las contradicciones neutralizan nuestra acción.
CUANDO la economía de mercado construyó el Mundo – seis días de trabajo y materiales baratos- no cobró mucho. El verdadero negocio estaba en las reparaciones.
AL DESPERTAR, la Democracia iba ya por el tercer acto, los actores eran otros y me habían despedido como encargado del guardarropa.
CUANTO más y mejor nos distraigan las marionetas, menos nos ocuparemos de quienes mueven los hilos.
DESCUBRIMOS los problemas de la regla de tres. Sucedió en la clase de dibujo, cuando los tres necesitamos trazar rectas al mismo tiempo y pedimos tres reglas.
SIN EMBARGO, la propiedad común y el uso ordenado, consiguen un ahorro significativo y un mejor aprovechamiento.
DISTRIBUIR o amontonar la riqueza. He aquí el permanente dilema que la humanidad va resolviendo al igual que el Universo: periódicos Bigbang y concentración de agujeros negros.
EL AMOR es una sucesión de ecuaciones que deben resolverse entre dos para llegar a la siguiente.
EL SUICIDA se mató en defensa propia. El juez lo tuvo en cuenta y lo absolvió. El suicida, arrepentido, prometió no reincidir.
EN LAS PELÍCULAS vistas en la infancia, sabía enseguida quienes eran el bueno y el malo. En el complejo teatro de la sociedad global, ya no acierto a distinguirlos.
HE AQUÍ el origen de la pesadumbre humana: Lo esperado se retrasa, lo inesperado sucede.
LA DEMOCRACIA actual ha sido comparada con el oro.
Y es que ha resultado ser aún más dúctil y maleable.
EL HOY, ayer mismo fue mañana, y mañana se convertirá en ayer. Ese proceso nos desorienta.
SOBRE LA realidad mundial, la duda me consume. Es mejor esto que nada, o es mejor nada que esto.
SOCIALMENTE hablando, arriba y abajo sustituirán a derecha e izquierda.
REFLEXIÓN
poema de Cesáreo Gutiérrez Cortés

Recorriendo los pueblos blancos del Sur blanco,
intentaba comprender San Agustín
porqué
la planta de la Democracia
en nuestras tierras
no arraiga
a pesar del enorme esfuerzo puesto por la gente
en labrar la tierra y sembrarla.

En el puro centro de esos pueblos blancos
encontró un extenso municipio
formado por casas de cemento
y ladrillo
que sus gentes trataban
de cubrir de un blanco prístino.

Le sorprendió́ que los habitantes
de la villa usaran
pintura negra
para pintar de blanco sus casas.

Así no lo vais a conseguir:
dijo
el santo Agustín.

Y ellos explicaron
que el cura, el cabo del cuartel,
el director de la oficina bancaria
y el alcalde,
aseguran
que cuando acaben de pintar
todas las casas
con la pintura del Consorcio,
de un negro puro carente de matices,
todo el pueblo se convertirá en un pueblo blanco
de un blanco puro, perfecto, sin tonos diferentes;
pasando a ser
el único pueblo uniformemente
blanco
de todos los pueblos
blancos del Sur blanco.

Reflexionando acerca de esa respuesta
San Agustín comprendió, sin titubeo engañoso,
porqué la Democracia no arraiga
ahora
entre nosotros.

CGC 16 octubre de 2018

 

 

Sistema solar

 

Caminos encontrados incluye también la pintura. Dijeron los críticos que dominaba yo el dibujo, y aunque mis cuadros mostraban cierto matiz academicista por entonces, se percibía una evolución que los iba dotando de alma. Es cierto, a manera de explicación, como si se tratara de acotaciones al margen, añadí algunas acuarelas y varios de mis óleos más acertados. Creo que hay en ellos conquistas parciales de los áureos, del siena tostado, incluso del rico carmesí; alcances moderados en la delimitación del espacio y una persecución provechosa de la luz; aciertos que proporcionaban obras sencillas, agradables y bellas como quería Renoir, del que me considero seguidor forzosamente alejado. Algo aporta mi pincel a la obra, pues deja así de ser un libro convencional de viajes. Muestra espacios captados en toda su poética llaneza, figuras contagiadas de la espontaneidad de los habitantes rurales. Añado a lo dicho minuciosos dibujos perfilados con plumilla, para mostrar la riqueza de la flora y la fauna inaccesibles. Con todo, los elementos ilustrativos reciben un apoyo fundamental de la agilidad narrativa. No lo digo yo, lo dijo otro crítico. Caminos encontrados amalgama historias de transmisión oral escuchadas a los lugareños de raído traje de faena y cráneo mondo. Incluye descripciones ajustadas del entorno y razones de la tradición establecida. Va sembrado el conjunto de adagios y chascarrillos populares; mostrando la escritura a un hombre europeo alentado por equivalentes esperanzas y frenado por temores idénticos, un individuo, por añadidura, expuesto a los mismos o parecidos mensajes, empujado por estímulos generalizados. Las ilustraciones aquí intercaladas, son diseños digitales en los que el conocimiento de la técnica impide al azar actuar por su cuenta. Nada tienen que ver con el dibujo y pintura, aunque de ellos nacen.

 

 

 

 Conexión social rota

 

 

 

 Extensos incendios oscurecen la Tierra

 

Nysa a 11 de septiembre
Carta a doña Úrsula Peña, Madrid

Amada mía: Te supongo en Egipto, en algún lugar situado entre Abu Simbel y Assuán, en las proximidades de Alejandría o El Cairo; ocupada quizás en los preparativos del inminente regreso. Un cúmulo de objetos dilatará tu equipaje: fotografías de tus valiosos hallazgos, folios y folios de apuntes, alguna pieza de menor tamaño escamoteada a las autoridades o autorizada por su condescendencia, souvenirs. Fruto de la satisfacción alcanzada, imagino tu sonrisa franca tensando los labios, amaneciendo oscuridades, desvaneciendo tormentas. Cuando llegues a Madrid la carta llevará unos días esperándote, sufriendo una ansiedad que es pálida copia de la que yo padezco. Pico espuelas al tiempo para que avance y nos una: labios, manos, palabras, pensamientos. Antes que la realización de cualquier otro deseo, mi voluntad me pide permanecer contigo durante una temporada extensa, pues necesito equilibrio y armonía para armar de manera definitiva el trabajo sobre Europa, y no tengo en mente, por esa causa, ningún otro destino inmediato.
Llevo unos días en Polonia, adonde he llegado, a través de una Alemania ya visitada desde París, largo viaje en tren muy provechoso. En los trayectos largos la gente acaba por compartir viandas y sentimientos. Afloran entusiasmos y pesadumbres con intensidad afín, y el alma colectiva de los pueblos se abre como un libro que, orgulloso de su relato, quiere ser leído. Me encuentro en una pequeña ciudad del Sur, de cuarenta mil habitantes, tranquila y bella, edificada junto a la frontera checoslovaca; aspecto favorable que me permitirá visitar a la vuelta Brno, Praga y Plzen.

 

 

 Proyecto

 

Mi anfitrión es un hombre poco corriente, se define así: “Católico, polaco, sesenta y dos años, veterano de guerra, jubilado con anticipación por motivos de salud y ex jefe de la parcela de planificación en una gran fábrica de maquinaria para la industria química”. El orden que imprime a la relación es en verdad intencionado, te advierto. Habla, además de la suya, las lenguas alemana, inglesa, francesa, italiana y rusa, defendiéndose muy bien en la nuestra. La estudia a ratos en una vieja gramática dotada de un apéndice de vocabulario con menos de mil palabras. Se trata de un gran lector que ha terminado por contagiarse e intentar la escritura con verdadero ahínco. Sólo la carencia de papel puede frenar su entusiasmo.
“Tenemos” –afirma Mroczkowski Zygmunt, que así se llama el hombre- “un gran respeto a los poetas en Polonia. Durante el largo siglo de la desmembración del país por Rusia, Prusia y Austria, eran caudillos de la nación oprimida; la gente los consideraba profetas pues aventuraban el momento y la manera en que se daría la resurrección nacional. No hace tanto, en la contienda mundial, estos aedos desempeñaron un papel importante, encauzando el ánimo esperanzado del pueblo y manteniendo vivas las llamas de la religión y de la patria. Y metidos ya en la travesía del último desierto, la pasada posguerra, sus poemas indóciles, discrepantes con la doctrina del régimen, se declamaban entre amigos envalentonados por la emoción, alargando las cenas frugales y reduciendo las noches de invierno. Son versos dotados de nervio e intención, bien concebidos, impresos de manera clandestina y pasados de mano en mano como preciados productos de contrabando”.
Con gesto titubeante y voz de barítono, como homenaje intemporal a quienes practicaban esa forma de lucha, recita unos versos aprendidos de memoria que al instante traduce. Califica de soberbio un poema mío dedicado a la emancipación obrera, escrito durante el viaje, que ha querido leer para elaborar un juicio sobre mí. Soberbio, dicho así, sin más, puede parecer un elogio. No lo es; refiriéndose al tono empleado, proveniente de su castellano estricto, aplica el calificativo en su acepción de altanero e iracundo. Posee el hombre cierta conformidad con las circunstancias y un optimismo radiante, extraños en alguien que ha pasado muchas penalidades y está sumergido de lleno en las privaciones.
Con cierta frecuencia recibe víveres y ropas que distribuye entre los vecinos necesitados. Rememora en la charla su vida más acuñada, “la atormentada época ceñida de sangre fresca y cadáveres descompuestos, aportados por una pendencia sin sentido y un pueblo múltiples veces desgarrado, mientras humeaban las chimeneas de los crematorios vertiendo al aire denso los gases resultantes de incineraciones humanas. Idos los soldados, ocuparon la calle las pandillas rojas, propias y soviéticas, en algún sentido cercanas a los alemanes. La religión, la lengua, la historia y el deseo de mejora, nos permitieron seguir esperando la independencia verdadera y la libertad auténtica”.
En la foto estamos, Zygmunt, mi guía, y yo, ante el curioso portal de la catedral de Sw. Jakuba (Santiago).

 

 

Retrato de dama principal

 

 

 

Retrato en oro

 

Como te dije, deseaba asistir al Primer Congreso de la Unión Autónoma Independiente de Trabajadores, conocida por “Solidaridad”, que cuenta con más de diez millones de afiliados; y así ha sido. Regresamos esta mañana, Zygmunt y yo, de Oliwa, ciudad satélite de Gdansk, la antigua Danzig, en la desembocadura del Vístula ¡Qué órgano el de su catedral!, bellísimo.
Durante cinco días se han celebrado allí, en Oliwa, las reuniones del Congreso. Cabe destacar en ellas la inusual demostración de fe y el admirable empeño puesto en seguir un recorrido iniciado con dificultades que parecían insalvables. Intuyo en el singular sindicato, el germen de una nueva forma de estado que dará mucho juego político en el futuro. De hecho, ya es el bastidor de una oposición bien estructurada que cuenta con respaldo exterior; el propio Vaticano, con su Papa a la cabeza, apoya tal iniciativa a las claras. Aquí, ahora, religión y política forman tándem. Y no es un hablar gratuito o exagerado, el primer día precedió a todos los actos una misa celebrada por el primado de Polonia, huésped e invitado de honor; ¿ves lo que quiero decir? Las numerosas delegaciones de sindicalistas extranjeros, presentes en los actos, se sorprenderían; no te quepa duda.
Los japoneses, recibidos entre atronadores aplausos, regalaron al presidente Waigsa una antigua armadura provista de una espada de respetable presencia. Nada es convencional aquí en estos días, puedes creerme; merece la pena vivirlos. En la sala de deportes donde nos reuníamos para celebrar las sesiones, la que abría la segunda jornada comenzó asimismo con ceremonia religiosa. Oficiaba esta misa el propio capellán de Solidaridad y, pásmate, el texto del sermón titulado “Alabanza del trabajo y del amor a la Patria” -revelador enunciado- se aprobó como uno de los documentos oficiales del Congreso, ¡inaudito!, ¿no crees?
La Organización había excluido de manera expresa a la Radiotelevisión Polaca, debido a su manifiesta parcialidad sectaria; no obstante, se presentó con setenta operarios y diversos vehículos de retrasmisión móvil, quedándose dos días en la calle a la espera de una autorización que al fin y al cabo no se produjo. Junto a sus equipos aparecieron, de pronto, pintados con tinta negra y roja, improperios alusivos a su mendaz manera de informar; parece ser que alguno de los congresistas burló la vigilancia establecida alrededor de coches y camiones. Ninguna de las cadenas de televisión extranjeras, presentes en el acontecimiento, les ha cedido imágenes; llegando las noticias al resto de los ciudadanos a través de Eurovisión y con un retraso considerable.

 

 

 

 Sombra vigilante

 

Temores

 

El país atraviesa un momento de efervescencia cargado de interés: se conversa a media voz mirando de reojo, tienen lugar maniobras militares en la frontera y los carteles de avanzado diseño que cubren las paredes desconchadas, exhiben frases conminatorias dirigidas al gobierno. Exigen un plebiscito nacional sobre la autonomía de las empresas y nuevos comicios democráticos, originarios de una Dieta y de unos Consejos del Pueblo elegidos, sin exclusión de grados, con plena libertad. La situación abunda en paradojas; las posiciones de los dirigentes y de los dirigidos se permutan. Un ejemplo tan sólo: la frase de Lenin: “Todo el poder en manos de los consejos de trabajadores,” trazada hace tiempo por miembros del partido sobre muros bien conservados, se convierte en una irónica y actualizada petición a los dirigentes comunistas, proferida ahora por una gran porción del pueblo descontento. En suma, el país se mueve, una vez más, entre el temor y la esperanza; demostrando que la irritación popular y las demandas de los trabajadores se justifican, una y otra vez, con independencia de quien detente el poder; y utilizo el verbo en su acepción amarga. Tal efervescencia, y un entusiasmo colectivo similar, se viven al inicio de todas las transiciones; aunque suele acontecer que, poco tiempo más tarde, por desgracia, llega el desencanto con su caldero de agua helada enfriando el fervor.
Las cosechas de cereales, patatas, legumbres, remolacha y colza, han sido abundantes; a pesar de ello, el pan, la harina y sus derivados, de la noche a la mañana han doblado su precio creando malestar entre la población; y un artículo tan imprescindible como el carbón, del que los polacos hacen acopio en estas fechas en prevención de un crudo invierno, también ha subido. Ante condiciones tan dramáticas, los paquetes de víveres, ropas y medicinas recibidos del exterior, enviados por parientes, amigos u organizaciones caritativas, son apreciados porque palian en parte el problema de abastecimiento y moderan las colas para conseguir los productos esenciales. El gobierno, consciente de la precaria coyuntura, no se opone a este socorro en forma de pequeños envíos; por el contrario, facilita su recepción. Con este fin ha reducido al mínimo los controles, excluye los paquetes del pago de tasas aduaneras y promete entregar con celeridad suma todos los llegados.
Nysa, la ciudad en que me hallo, ofrece un meritorio conjunto de edificios y algunos rincones de interés: la plaza Mayor y, en ella, la Casa Vieja de la Báscula; la fontana de Neptuno, las antiguas casas de la calle Hermandad, las torres de la iglesia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y el Torreón de Wrociano, por destacar los de mayor relieve. Zygmunt me va mostrando cuanto según su entender puede impresionar a un extranjero, desgranando explicaciones tan precisas, que por fuerza ha de haberlas preparado poco antes de mi llegada.

 

 

 Utopía

 

 

Superposición

 

Ya privado de su grata compañía visitaré el santuario de Czestochowa, verdadero corazón del país; y las cinco grandes ciudades: Varsovia, más que nada la ciudad vieja y los museos Chopin y Nacional, rico éste último en pinturas polacas; Cracovia, y allí, con preferencia, el barrio del mercado central, las pinturas y esculturas del Museo, la catedral y el castillo de Wawel, elevado sobre el Vístula; en Lodz coincidiré con las jornadas folklóricas, cuando danzas y trajes regionales antiguos se complementan en la expresión plástica del gusto popular; dedicando, por último, una jornada a Poznan y otra a Wroclau. No sé aún si podré añadir Torun, en Pomerania, que al parecer posee un magnífico casco antiguo y un espléndido ayuntamiento gótico de ladrillo rojizo. Si tengo tiempo -desde Cracovia hay tan sólo setenta kilómetros- iré a Auschwitz, uno de los campos de exterminio humano concebido por el terror nazi; y a las minas de sal de Wieliczka, bajando los cien metros de profundidad existentes hasta alcanzar la cota de la capilla de Santa Kinga, perforada y tallada en la propia materia salobre.
Me hablan del frío invernal, con temperaturas de dieciocho grados bajo cero y copiosas nevadas. Imagínate: pasajes abiertos en la nieve que cubre las calles, cuyos muros sobrepasan los dos metros de altura; y trineos usados en las estaciones a modo de taxis: y así tiempo y tiempo, ¡con lo frioleros que somos! Me tranquiliza pensar que he llegado en vísperas de un suave otoño bullente de actividad.
Espero acopiar documentos, apuntes y memoria, suficientes en calidad y cantidad para elaborar una teoría del país que, en la próxima reedición, uniré a los otros escritos sobre esta Europa que va tomando nueva hechura. Artesanía y cocina, elementos populares reveladores del carácter, me salen al paso. Al final del recorrido que rematará mi gira, tras un corto paseo por Checoslovaquia llegaré a Madrid. Puedo anunciarte la inmediata salida a la luz de dos de mis libros; sucederá en cuanto corrija, a la vuelta, las galeradas. Te expondré mis nuevas ideas de palabra, en nuestro ya cercano encuentro.
Ansío verte. Estarás morena, ¡qué digo!, mucho más que morena; nueva Nefertiti, traerás la piel curtida por un sol adorado durante toda la antigüedad. El duro trabajo físico de las excavaciones habrá fortalecido tu cuerpo. Deseo fundirme contigo en un abrazo interminable, y escuchar, sin otras pausas que las debidas a los besos, el recuento de los últimos trabajos de la expedición; relatándote, luego, mis andanzas de nómada.
Por encima de todo lo visible e invisible, te ama,
Cesáreo

 

 

 

 Convencimiento

 

Algunas respuestas a las preguntas en entrevistas a Gutiérrez Cortés.

P.- Recién llegado de América: Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela, Puerto Rico, Cuba, ¿cómo ha sido el reencuentro con una tierra tan querida?
R.- En mi primera visita encontré llanos altos, declives y hondonadas; desiertos inhóspitos, selvas de vegetación exuberante e islas paradisíacas ceñidas por playas sin fin; palacios de hacendados riquísimos y barrios donde habita la pobreza extrema, una tierra indómita que el hombre aún no puede someter. Recogí flores fragantes de colores vivos, portadoras de fecundas semillas; ramillete verbal acopiado con esmero para mi escritura, porque la quiero mestiza, hija de los modos de acá, cargados de remotas influencias, y de las maneras de decir de allá, tan bellas y precisas. No creo conveniente pesar la porción tomada a la abundancia para calibrar la generosidad de la gente que traté, y desconozco el valor de lo trasladado a mi obra. Dejé allá la amistad, llama que aumenta su ardor al extenderse, y acepté numerosos afectos. Ahora he podido calibrar la persistencia de aquel intercambio, porque muchas de las primeras impresiones permanecen en mi memoria, digeridas en mis cuatro estómagos de rumiante intelectual.
P.- En tan sólo catorce meses, La mirada terrena alcanza el cielo entró en las universidades prestigiosas y fue objeto de estudios completísimos; editándose al mismo tiempo vertida a los idiomas italiano y francés. Consideras que es tu mejor obra?
R.- De contenido mágico-simbólico, es mi primera novela entendida como tal. Alrededor del año seiscientos treinta y dos de nuestra era, el soberano del Tibet, Song-tsen Gam-po, envía a uno de sus ministros a Kashmir para aprender el arte de la escritura. Su viaje, la posterior implantación de la grafía en el reino y los beneficios derivados, vertebran la historia. Ese espacio fue un catalizador para mí, la obra no podía ser de otra manera. ¿Mejor que los otros libros? Dejémoslo en diferente.
P.- ¿Admites, pues, algún influjo ingobernable en tu creación?
R.- No tengo una respuesta precisa. En general me resulta complejo deslindar los círculos nucleares de los marginales; y si algo me mueve, o pertenece al espacio del carácter o está situado en el ensanche y lo amplía. Hoy descubro su efecto cuando, terminado un trabajo, busco la materia sobre la que versará el siguiente; y en la construcción de los diversos escenarios, obra de la memoria y de la investigación. Pero interviene también en la disposición de secuencias y capítulos, en la manera de acomodar el contenido en el continente; pues la experiencia propia se une a la obtenida en las lecturas y en el mismo cine, visto el cine como prolongación de las lecturas.
P.- De fuera llega el azar, potro salvaje que se habrá resistido a la doma, ¿Qué porción de tus logros literarios debes al albur?
R.- El azar representa un factor primordial en la existencia de las personas, interviniendo ya en la conjunción de óvulo y espermatozoide. Podría decirse que coloca los carriles por donde discurrirá la conducta, que ahonda el cauce del río distinguiendo los futuros meandros; y siendo tan importante como es, en realidad desconocemos sus libérrimas reglas. Por fortuna, multitud de elementos lo debilitan, condicionándolo y restándole potencia. Choca con las costumbres, tan arraigadas y complejas; con los íntimos deseos y rechazos, hijos de una educación orientada hacia fines ajenos; forcejea con la moral imperante, impuesta por quienes tienen en su mano la capacidad de modificar las cosas y alinearlas según su personal manera de entender el orden. En la escritura, una de las formas de comunicación humana, acercamiento de tiempos y lugares diversos, adquiere el azar un protagonismo frenado por el trabajo que el escritor se toma. Aunque fijo el argumento sobre cimientos firmes y nada cardinal espero del azar, me gusta que me sorprenda, pues sirviéndome de él amplío las posibilidades de expresar cuanto imagino. Considero nulo su aporte en los ensayos, limitado en las novelas y cuentos, concediéndole más peso en el fluir de los poemas.

 

 

 

Dragón

 

P.- ¿Te ocupas del lector a la hora de escribir, cuentas con él, le asignas una tarea que complemente la tuya?
R.- Estoy a su servicio, mi meta es su entendimiento; pues sé que logrado el concierto entre escritor y lector cuaja la novela, se solidifica, se yergue como un menhir en la llanura, como un obelisco en la plaza. No obstante, escribo para seres en permanente evolución, y no puedo tratarlos como a niños o a enfermos gástricos a quienes se tritura la carne y desmenuza el pescado. Tampoco siembro de trampas el sendero para probar su progreso en el conocimiento de las técnicas narrativas. Trato de esperar al rezagado, pero sin perjudicar el ascenso del que sube a buen ritmo. Busco ese complejo equilibrio que marca la diferencia entre la obra redonda y la simple tarea bien desarrollada. Y dejo un cierto margen a la interpretación personal, a la capacidad hermenéutica que cada uno posee, de manera que es el lector quien cierra el proceso creativo, quien termina de concretar la novela.
P.- Tu intelecto crea de pies a cabeza unos personajes que representan en las novelas papeles muy diferentes, desde los más respetables a los malvados en extremo; comportamiento universal de los creadores con sus criaturas, ¿pones en ellos cualidades que como ser humano persigues o desprecias?, ¿modelas alguno a tu imagen y semejanza?, ¿les encargas tareas que no has sido capaz de llevar a cabo?; en resumen, ¿cuánto tuyo hay en ellos?
R.- En verdad, los protagonistas, principales y secundarios, son vástagos míos, pero de la misma manera son resultado de las circunstancias a las que han de adaptarse, tiempo y espacio que no pudieron escoger. En cuanto a si pongo en su manera de ser virtudes que para mí quisiera, te diré que pretendo asentarlas en su comportamiento como cualquier padre, pero de acuerdo con mi propio deseo de libertad no las dibujo indelebles, de suerte que pueden actuar desde el primer momento por su cuenta, neutralizándolas, sustituyéndolas. Algo semejante se da en el caso de los denostados vicios. Te aseguro que de mis personajes intento hacer personas, y en la medida de mi acierto son hijos de sus obras como cada uno de nosotros.
P.- El hombre y la sociedad, unidad y conjunto; ¿por qué y para qué se une la gente?
R.- El hombre es individualista por impulso, le hace social la razón. Se organizó en cuanto hubo de repartir la escasez, al producirse opiniones discordantes, para repeler ataques de las fieras o intentar su caza. Era necesario un administrador del orden, y algunos propusieron a un hombre bueno que los demás aceptaron. Cuando la bondad resultó insuficiente para que el hombre bueno se impusiera, apareció el hombre fuerte apoyando sus decisiones. Aumentaron los descontentos y fue el conciliador quien negoció hasta alcanzar el equilibrio. Los tres juntos hubieran formado un gobernante ideal, pero los ambiciosos lograron dividirlos en su beneficio, sustituyéndolos cuando comenzaron a aceptar los puntos de vista ajenos y a ceder. Para unos el ideal es la colmena, pues en ella cada movimiento de los individuos sirve a un fin común; para otros, entre los que me encuentro, la colmena constituye la máxima aberración. La sociedad lleva buscando una manera válida de organizarse desde los primeros instantes, y no ha dado aún con una que convenza a todos.
Un peligro que nos parece lejano, pero que quizá no lo sea tanto; es la llamada inteligencia artificial. Esos robots que empiezan a introducirse en los países industrializados, pronto serán competidores de los trabajadores humanos. Las empresas podrán elegir entre un robot y una persona. O somos más hábiles o más económicos que las máquinas o nos empujaran fuera del mercado laboral. En un aspecto los ganaremos siempre, los humanos somos, además de trabajadores, consumidores. El dinero que nos entregan como salario revierte en los empleadores a través de lo que nos venden. Deberán pensar en ello antes de que sea tarde.
P.- ¿Qué valor práctico atribuyes a los grandes valores que la humanidad ha venido engrandeciendo a lo largo del tiempo?
R.- Si hablas de valores personales como la lealtad, la fraternidad, la sinceridad y otros de la misma índole, te diré que personalizados en individuos concretos han sido puestos como ejemplo y tratados de emular, lo cual resulta muy positivo individual y colectivamente hablando.
Aunque si te refieres a los grandes conceptos, esas ideas absolutas que los humanos hemos ido situando por encima de todo: DIOS, LIBERTAD, FELICIDAD, JUSTICIA, ETERNIDAD, INFINITUD; y hasta la más nombrada en nuestros días, DEMOCRACIA, debo decirte que diferencio la realidad de la fantasía. Esas palabras representan abstracciones configuradas a través de los tiempos, y son eso, absolutos imposibles de concretar.
Por esa razón, cada vez que las sucesivas culturas y civilizaciones han querido ponerlas en práctica dándoles cuerpo, ha resultado imposible. Cada época, cada nación, cada grupo y, me atrevería a decir, cada individuo, vienen buscando utilidad general desde su propio punto de vista, es decir parcelando lo indivisible. O son absolutas o no son. Dejémoslas ahí, en lo alto, como soles capaces de iluminarnos día y noche, convencidos de que no podemos bajarlas íntegras a nuestro nivel humano. Si así lo hacemos, aunque no podamos evitar los desastres causados teniéndolas como objetivo, evitaremos algunos de los presentes y futuros.

Pinceladas

 

 

De La viga del carpintero la crítica escribió largo y tendido:
“Desarrolladas e innatas, Cesáreo Gutiérrez Cortés pone fronteras muy alejadas a la disposición del hombre, a su habilidad y aspiraciones. Partiendo de las facultades advertidas, le cree capaz de alcanzar metas tenidas tiempo y tiempo por quiméricas e inaccesibles; basta que una idea impulse en algún sentido con fuerza suficiente. Y ello, sirviéndose del solo punto de apoyo de su propia voluntad. A veces se hace precisa una leve ayuda externa, el gesto mecánico de soltar algún freno, de arrancar de su asidero el ancla que las circunstancias adversas afianzaron. Pero no deja de empujar la excepción en el sentido de la regla. Convierte el autor al emigrante Pablo Pintado, a quien trajo de África del Sur, en protagonista de dos novelas. La viga del carpintero, y Desde el Centro de la Tierra.
“Ambas despiertan un interés singular en los ámbitos sindicalistas. Más aún, la segunda, ambientada en los degradados yacimientos de minerales preciosos. Por alegato y vindicación obreros la toman las fuerzas progresistas; convirtiéndola en bandera de la lucha contra las precarias condiciones laborales, rayanas de la esclavitud o pertenecientes a ella, existentes en determinados centros de extracción y producción diseminados por el mundo entero. Inhumanos abusos admitidos para sobrevivir por quienes no reciben oportunidades mejores, víctimas de cualquier forma de rechazo, emigrantes, sobre todo, niños que las enfermedades, las guerras y la hambruna dejan huérfanos y desnutridos. Obra valiente y arriesgada, defensora de la plenitud de derechos de los extranjeros y de su sincera aceptación social, es considerada demagógica y delirante en los segmentos reaccionarios de la clase política”.
“La defensa de la libertad de tránsito y residencia, y de la fusión de razas y culturas, del mestizaje en todos los órdenes de la vida, realizada por Gutiérrez Cortés forzando los límites fijados por la cerrazón irracional, constituye uno de los pilares fundamentales de su obra. Otro de los firmes arranques, basamento sólido de sus actos, vértebra de sus escritos, es la confianza puesta en la capacidad del hombre, del género humano en toda su compleja integridad. Puede flaquear en un momento determinado, retroceder cien pasos inclusive, pero su marcha acaba una y otra vez tomando la dirección del progreso”.

 

 

Ilustraciones

 

Las frecuentes partidas y regresos, mi obra gráfica y escrita, me revelan hombre activo. Hasta tal punto, que, si las circunstancias frenaban la realización de las ideas, las ponía en práctica en las historias noveladas, barro moldeable a mi gusto.
La novela titulada Guerrillero en Chiapas, en cuyo sobresaltado discurrir meto al amigo Bruno Merino como en camisa de once varas, narra un combate al que yo, convencido pacifista, no podía agregarme. Esbozo la historia con ánimo de actuante, y al desplegarla sigo la vereda de mi propio idealismo. Los párrafos que a continuación incluyo, revelan la fuerza motriz de la trama, desenvuelta en sucesivas versiones, hasta quedar satisfecho de las trescientas quince páginas definitivas).
Dice el personaje Bruno en la novela:
Una botarga cruzada de remiendos, sometida a mi cintura por una guindaleta de esparto; un sayo herido en más de diez lugares y un sombrero de bombonaje destejido, llevaron mi apariencia a la del indio inocente y resignado. Puede que en el interior íntimo fuera ya un guerrillero, aunque yo mismo ignorara esa compleja circunstancia y ellos no la percibieran. Horas antes seis soldados me perseguían por andurriales que conozco bien; mi traje me delataba, mi rostro apagado, mi aspecto de cura que finge no serlo. Descerrajaron sus tiros -ruidos sordos escapados del caño de las carabinas, esquirlas tajantes- a un metro de mi cabeza. Con la precaución del furtivo abandoné la choza. Vestía las ropas del esposo, campesino acusado de ser unetista, de estar sindicado; un cuerpo de menor envergadura si me atengo a la estrechez de su indumento, un cuerpo separado del alma por los paramilitares de «Justicia y Paz» o los de la «Máscara Roja»: qué más da, perros parejos. Era la indiecita tzotzil mi feligresa y opinaba que, blanco y gachupín, yo era un buen hombre: amigo de los abandonados por todos los gobiernos, incluido el del Cielo. ¡Que fácil resultó la mutación!; me veían como a indio desastrado cuando me encontré de nuevo con los federales que rastreaban la zona. Ignoraba en ese trance que me iba a añadir a la guerrilla, pero se cruzaron conmigo y hube de apaciguar mi andar dislocado, falto de la costumbre de ir sin alpargatas, heridas las plantas por peñascos, raíces y pinchos. No sabía que iba a ingresar en la partida rebelde, pero la mujer -en su pobre español- me propuso ampararme en el campamento, un vivaque cambiante que permanecía en una misma vaguada, en una misma ladera, en una misma cima. “Ellos lo mirarán, padrecito”, me dijo la mujeruca; y ellos me vieron. Cuatro horas les costó cerciorarse de que no era un confidente, cuatro horas de férreo interrogatorio; hasta que, vencidos sus escrúpulos, fui aceptado.

 

 

Nubes

 

Un mes atrás, el veintidós de diciembre, un grupo uniformado, utilizando armas de gran calibre que sólo el ejército usa, asesinó por la espalda, mientras oían misa, a un lactante, catorce niños, veintiuna mujeres y nueve varones adultos. Habían de negarse las más de las balas a entrar en cuerpos tan atosigados, pero eran tantas que el pequeño resto bastó para reducir la vida a sangre derramada y piltrafas de carne. Al lado, los soldados escuchaban los tiros que abatían a los indefensos, y mostraron indiferencia ante el tableteo de las ametralladoras y los disparos secos de los fusiles de asalto. Oían, cómo no oírlos, los gritos desgarradores de los que acababan su corta carrera al pie del altar; brazos tendidos a la Virgencita que viste el huipil decorado con rombos de las indias tzotziles. Sufrían los militares, seguro; pero se mantuvieron quietos, impasibles, pensando que la degollina no iba con ellos. Cientos de familias dejaron sus chozas, abandonaron sus tierras e iniciaron el éxodo hacia las montañas. Cinco mil soldados, bien pertrechados y mejor nutridos, llegaron a pacificar la zona. Fue la matanza una gota en el mar de la violencia ejercida contra los indígenas, pero fue la gota que hizo rebosar la rabia en mi alma; al momento partí hacia Tuxtla Gutiérrez con el propósito claro de hablar al Gobernador y exigirle justicia. No me plegué a las negativas de audiencia, y quieto ante la puerta mantuve la pretensión durante cinco interminables días con sus noches sin fin. Tanto debió de molestar mi actitud que me detuvieron, fijando en meses mi arresto en el penal de Cerro Hueco. “Así recordará su oficio, curita”: expresaron los funcionarios; los mismos que, tras retenerme una semana, me dejaron marchar; para buscarme cómplices, supongo, y darme impune caza.
Hasta descubrir que unas sombras esquivas seguían mis pasos, rememoraba los momentos primeros de la llegada, cuatro años antes, a esta tierra cubierta de cobija esmeralda; geografía inaccesible cruzada por ríos cortos y caudalosos. A una legua escasa de San Juan Chamula y a otra sobrada de San Andrés Larraínzar -comunidades tzontziles cercanas a San Cristóbal de Las Casas, meseta de Chiapas- asenté mi recién nacida incertidumbre, compensada de largo por la piadosa expectativa que me empujaba a misiones. En un paraje amurallado de cerros y salpicado de cruces, en armonía con el paisaje apareció la parroquia. Me costó aclimatarme a la neblina y a las frecuentes lluvias, para qué negarlo; me costó hacerme al terreno suelto, a las trochas y barrancos, a la maleza, a los crespos espinos, a los duraznos, a los frijoles picantes y a las casucas de tejemanil o bajareque. En los poemas y relatos de Rosario Castellanos encontré la clave de la existencia del indio, un ser agreste capaz de dar su vida por la tierra, porque tierra quiere decir independencia y sustento. La tierra comunitaria digo, la que une y hace solidarios.

 

 

 Recortes

 

Pongo aquí, por considerarlas de interés general, las notas personales de mi amadísima hija Alba, halladas en unas de mis visitas a la que fue nuestra casa familiar.
“Soy Alba Gutiérrez Peña, natural de Salamanca, hija de un escritor de talento y de una arqueóloga aventajada. He cumplido veintitrés años de edad y curso estudios universitarios en Madrid; suelo aprovechar el tiempo y mi conducta se empeña en obedecer más a la lógica que a las emociones. El tiempo que cruzamos corresponde a los balbuceos del siglo XXI; y la organización social imperante es la conjunción de capitalismo y democracia representativa. Se trata de una simbiosis, en extremo fructífera, que basa su diario actuar en la moldeable opinión pública, constituyendo un hallazgo histórico destinado a perpetuarse».
«La desafortunada circunstancia de haber conocido muy poco a mis padres, espolea inquietudes desde que alcancé la conciencia: pregunto, indago, rastreo, escudriño en pos de información fiable. La ausencia de recuerdos alimenta una insondable necesidad de verdades destinadas a resolver las incógnitas. La escasez de elementos de juicio propicia la búsqueda exhaustiva, el renovado intento de establecer una teoría sobre la que situarme, suelo sólido, tierra firme, plataforma continental de mis actos. Madre y padre dotados de rostros impresos en papel fotográfico, su manera particular de vida, los continuos viajes que emprendían por separado, la irregular pareja que formaban, andando el tiempo han ido incrementando mis preocupaciones. Los pienso muertos, y me rodea el silencio protector de mis abuelos. Mientras hay esperanza hay vida, se dirán, dando la vuelta al dicho tantas veces repetido».
«Prefiero la luna llena, aunque en la noche cerrada me serviría una luciérnaga».
«Poseo un trabajo escolar que agrupa y ordena lo sabido en el momento de su elaboración. Me enfrentaba yo a uno de los últimos cursos en el colegio, cuando la profesora de Literatura impuso a las alumnas una tarea de investigación centrada en algún escritor ya fallecido. Siendo una tarea de ficción, cumpliera o no la condición esencial, decidí escribir sobre Cesáreo Gutiérrez Cortés, mi padre. Se pensará que opté por tomar un atajo, y no fue así. Mi interés era doble: pretendía una puntuación aceptable y adentrarme en tan misteriosa espesura. Me preocupé por la persona envuelta en sus circunstancias, pensamiento y acción».

 

 

 Diseño

 

«Un cuaderno cuadriculado recoge el estudio, una veintena de hojas, cuarenta páginas rellenas de letra menuda, como hecha a propósito para que en el continente cupiera el contenido».
«Tan a gusto de la profesora realicé el trabajo, que un ocho perfilado en lápiz rojo resalta sobre el título de la portada; y la consideraban una mujer exigente. Lo guardo en la profundidad recóndita del armario, pues se trata de mi labor más valiosa, la joya de los ejercicios escolares. Doy con él aun cerrando los ojos, pues resulta tan emotivo que recurro a su lectura si las preocupaciones me cercan, si la indefinición del futuro me acobarda y entristece».
«La composición literaria está fechada en diciembre de mil novecientos noventa y cinco; un mes después de cumplir yo los dieciséis años. El título supuso, antes que nada, una declaración de intenciones. De él partí, primera línea escrita, Estudio sobre Cesáreo Gutiérrez Cortés: sencillo y expresivo pero carente de originalidad. Es cierto, no puedo hablar de aspectos simples en la elaboración de la tarea; tuve a mi disposición casi todas las obras publicadas, y lo poco que las solapas o las contraportadas revelan de la biografía, generalidades de dominio público. Mis abuelos paternos, en ayunas de gran parte de los asuntos concernientes a su hijo pasada la juventud, poca información podían darme; pues sus recuerdos no sobrepasan las travesuras propias del niño o los méritos del adolescente».
«Correspondientes a mi madre, me fueron revelados gestos sin alcance y hechos distinguidos: la afición a los estudios y la necesidad de aprender, el dominio de las situaciones difíciles con la sola herramienta de la facilidad verbal, su imperioso deseo de vivir, su amor a la naturaleza. Más abierta ella a la familia que mi padre, más próxima, tuvo a los suyos al corriente de su ajetreo constante. Puedo decir que, debido al desconocimiento de particularidades acerca de la vida de Cesáreo y de su convivencia con Úrsula, en aquella época del colegio sentí el peso de la orfandad en cualquiera de las facetas consideradas».
«Cuántas noches me desperté en medio de pesadillas que transitaban esa vía; cuántas. Sorprendía reservas, rumores, palabras apenas unidas que cortaban su hilo al acercarme, y me supuse hija de amores ilícitos, desdeñados por la sociedad. Quizás sucumbiera mi madre a una pasión desbordante de la que se hizo deudora, y mi padre resultase ser un aventurero escapado de sí mismo. Creí inferir del silencio reinante en ambas casas una confabulación, tapadera de culpas; y no forcé el avance de mi pesquisa, temerosa de descubrirlas. Las fotos de mi madre, retratos de distintas edades, algún paisaje roto por su presencia en traje de faena, rodeada del equipo de colaboradores junto a cualquier yacimiento, revelan, sin embargo, una evidente cordura, un equilibrio alejado de la imagen asociada en general a lo liviano y fácil».
«Hoy poseo dos arcones de documentos, mi verdadero patrimonio, fuste y nervio de la preciada existencia, llegados en el momento oportuno. Recibidos antes hubiera pasado sus páginas miles de veces sin provecho; es más, ocasionándome el daño de la timidez y la melancolía que distinguen el rostro de los infantes aislados».

 

 

 Naturaleza nativa

 

«Los abuelos de una y otra rama, puestos de acuerdo, quizá por desviarme de la conjetura errónea, persona asentada en la plenitud de derechos, pusieron en mis manos en forma de regalo del vigésimo primer cumpleaños, dos baúles candados con centenares de manuscritos que dicen mucho de la trayectoria vital de Cesáreo y Úrsula, mis progenitores. Candiles de la luz que me faltaba, recibí lo que puedo considerar mis raíces y, en ese momento, comencé a ser alguien. El fulgor llegó de pronto a mis pupilas, cegador; y durante las dos semanas siguientes, retazos, ráfagas, la claridad excesiva impidió hacerme una idea de conjunto o hallar el cabo del enmarañado ovillo. Con esos mimbres, tan desparejos, tan indóciles, tejeré el tabaque de mi cuna».
«En el fondo del cajón singularizado con el nombre de Úrsula Peña, envuelto en papel de barba, llega un grueso manuscrito en cuya portada aparece el título que aquí anoto: Cesáreo Gutiérrez Cortés, vida y obra, revelador de su objeto con claror manifiesto. Establece el texto un riguroso análisis de ambos dominios, conjunto sólido que va de la teoría de su arraigada escala de valores a la contigua práctica que la asienta y remacha. Destaca la conformidad existente entre el mensaje extraído de los diversos escritos y la noble conducta del escritor; trazo único que define una vida de avance y complacencia. Recoge testimonios pormenorizados de quienes convivieron con el autor y conocían la génesis de sus obras, mi madre entre ellos».
«Me rodea el desierto inacabable, el mar inmenso ciñe mi cintura, las estrellas amenazan con desprenderse sobre la cabeza, depositaria e intérprete de cuatro de los cinco sentidos. El primero de los deberes aceptados por mi desorientada conciencia filial, consiste en establecer nítida la andadura de mis padres, tanto en el aspecto individual como en su relación de pareja. Tras él, un milímetro y un segundo después nada más, se sitúa la publicación del manuscrito hallado. Cualquiera procedería del mismo modo; estoy convencida de ello. Una hija como tantas otras lo daría a la imprenta tal cual lo halló. Pero yo, autora a los dieciséis años de una tarea escolar que acaso perseguía el mismo fin, me creo obligada a añadir mi particular punto de vista, interesado y complementario, y a enriquecerlo con nuevos aportes. Sin duda el tiempo pasado, capa de arena disipadora de matices, cachazudo rasero, se situó al costado de la memoria colectiva haciendo precisa una actualización del contenido. Afianzada en esa razón, armada de suficiente energía y fiada de mis potencias, me dispongo a explicar la compleja personalidad de Cesáreo Gutiérrez Cortés. Relataré el amor profundo que el hombre comprometido con la palabra profesó a mi madre y la posición de compañera y esposa asumida por ella. La concreción de mi biografía actuará como acicate y herramienta».

 

 

 Vida Marina

 

«Nacida de unos padres entregados a su profesión por encima de todo, amada y educada por los cuatro abuelos como ningún nieto fue, ahora sé que la infancia de los huérfanos se parece poco a la de los niños llegados a una familia intacta, hogar sin fisuras que cierra el paso al frío y las insidias. Das lástima y se desviven haciéndotelo saber a cada rato; quieren protegerte, mimarte, y en ese ejercicio caritativo te dañan. Mi niñez transcurrió entre la villa de El Escorial, al amparo de los abuelos maternos; y el señorío de Valdepero, junto a la familia de mi padre. No tuve la casa de Salamanca, pero me vi rodeada de cariños disímiles que me hicieron despegada y a la vez egoísta. Sin embargo, aunque deseaba materializar mis numerosos caprichos, apreciaba lo poco y me alejaba de los excesos. Ne quid nimis. El despilfarro estaba condenado en ambas casas; se huía de él con naturalidad, de manera instintiva, en manifiesta independencia de la situación económica. El gasto desmedido se veía pecado, transmitía la mala suerte y propiciaba el regreso de los tiempos de escasez, esperados con temor por recurrentes. Tal proceder constituía actitud refleja, como el respirar o el ceder a la invasión del sueño nocturno. El aseo y la correcta presentación formaban parte de una cortesía elemental, debida por igual a los otros y a una misma. La formación primera, a cargo de maestros esforzados, reveló en mí un carácter despierto que se hacía visible. El colegio de Madrid me puso al tanto de las materias esenciales y generales. También de los modos necesarios para destacar y defenderme en una sociedad perseguidora de la abundancia renovada».
«Cumplieron los educadores el encargo de convertirme en mujer de provecho, es decir, en una hija dócil adiestrada para ser esposa y madre. Me dibujaron una sociedad compuesta a imagen de las pirámides escalonadas, peldaños desiguales que los individuos tratan de escalar con distinto resultado. Diferencias lógicas provenientes de la manera de ser opuesta de las personas: inteligentes u obtusas, buenas o malas, trabajadoras o perezosas, ahorradoras o pródigas, reflexivas o alocadas. Debía ser puntual contribuyente de la hacienda pública, electora de mis representantes, temerosa de Dios y defensora del orden. Sin embargo, quizá no prendieron en mí sus enseñanzas, porque acabado el adoctrinamiento, cuando la realidad se adueñó del espacio, olvidé la teoría y me hice refractaria a las creencias. No deseo mandar ni ser mandada, tengo por invención humana la compleja idea de la divinidad, siento que el Estado me oprime y me encarrila, que la propiedad privada alcanza con frecuencia altos niveles de injusticia y opino que el federalismo es la mejor forma de organización social para encauzar la marcha de un país tan variopinto como el nuestro. Me considero, pues, contestataria, aunque procuro que nadie lo note. Claro está que no soy pura ni ortodoxa en mi alineación, y que los contestatarios, de estar congregados, no me admitirían en el seno de sus organizaciones, teniéndome acaso por una disidente cuando no por una completa hereje».

 

 

Abstracción

 

«Veo avanzar el mundo hacia la uniformidad, monotonía del gris, agitado por los antagonismos nacidos de las diferentes interpretaciones del dogma imperante. El enemigo común, acicate del conjunto, es una idea abstracta que concreta cada colectivo teniendo en cuenta sus propios miedos. Nos espera un inquietante porvenir, idóneo para incrementar las diferencias sociales, desencadenante de cataclismos que pondrán a prueba la quebradiza individualidad. Se acercan a marchas forzadas la globalización de la economía y el pensamiento único, principios que se irán adueñando de la voluntad de los ciudadanos, votantes cuando corresponda y consumidores de aquello que el sistema ofrezca a través de los medios de comunicación. Pero siempre habrá personas capaces de enfrentarse a las doctrinas aceptadas por la mayoría, y yo aspiro a estar entre ellas».
«Excediendo la noción de meta perseguida, interpreto la libertad como un sueño renovado, horizonte escondido detrás del horizonte. Por eso divido el itinerario en etapas y marcho con los cinco sentidos puestos en el suelo que piso. Es la perseverancia indomable la que apunta a la llegada, cotas sucesivas alcanzadas por los pasos intermedios. Procedo sirviéndome de mi propia cabeza, de la experiencia acumulada, ya que la lógica es el único instrumento de quien desea actuar por cuenta propia. Pero debo estar ojo avizor y analizar con lupa las premisas del silogismo; el dogma puede haberlas tergiversado. Sí, hasta esa cota temible llega mi desconfianza cuando, indefensa, siento el Universo alineado contra los más por los menos».

 

 

 

 Fecha señalada

 

«Dígase lo que se diga, en nuestro mundo la violencia somete cada día a la razón. Si bien la brutalidad del individuo aislado, mal que bien se va neutralizando, el atropello colectivo acaba siendo un medio válido para conseguir cuanto la razón y la justicia niegan. Prueba este aserto un hecho evidente: entre los humanos, la prohibición de matar congéneres no es absoluta; caben excepciones tan alarmantes como la guerra. En ella el término congénere no engloba al conjunto de los hombres, se reduce a los del mismo bando excluyendo a los otros. Las leyes, civiles y religiosas, eximen de culpa a quien mata en tiempo de conflagración; incluso se conceden medallas y privilegios por ello. Y sabemos que en la actualidad las guerras se caracterizan por su imprecisión. No se declaran, esperadas o sorprendentes empiezan en cualquier momento; se desconocen con exactitud los contendientes, el campo de batalla no posee límites ni lugares francos, hasta los niños pueden ser soldados, cualquier persona es un enemigo encubierto y cuanto existe pasa a ser objetivo militar. Pido poco en ese terreno, tan sólo que las autoridades religiosas consideren pecado matar en toda circunstancia, que las leyes civiles castiguen las conductas violentas en cualquier situación. La guerra, dada su condición de río revuelto, despreciada por innoble, merecería la consideración de agravante».
«Inicié los estudios de Filosofía y Letras porque tales materias complacen a quienes desean verme universitaria -los valedores, abuelos de los dos gajos- y colman mi ansia de conocimientos. De haber nacido varón, en El Escorial hubiera sido un buen ganadero, de los que logran mejorar la cabaña sirviéndose de cruces sabios y mucha paciencia, agregando a la explotación los beneficios de la agricultura extensiva. En Valdepero sería un labrador excelente, de los que toman de la tierra el sobrante, sin empobrecerla, y se sirven del provechoso complemento de la ganadería. Pero soy mujer y puedo ahondar sin trabas en la Filosofía, en las Artes y en las Letras, a salvo de las labores agricultoras y ganaderas, fatigosas e interminables, que lograrán su continuidad por mediación de algún primo».
«Depositario de buenas intenciones más que de información clarificadora, de un envite leo una vez más el ensayo encargado por la profesora de literatura. De él extraigo el estímulo preciso para componer un manifiesto que agregue enjundia y matices a la memoria de mis padres, defendiendo sus nombres ante aquellos cuya opinión pueda estar viciada. A ello voy.»

 

 

 

 Naufragio

 

 

 

Donde mi amada Úrsula explica asuntos de la pareja que fuimos. Y que comparto en su totalidad.
Nos conoceríamos en un espacio neutral, ni suyo ni mío, de ambos; estaba determinado. Yo iría al encuentro de la civilización única, de la aldea itinerante, aquella que, perseverando, viene de la etapa anterior y propicia la siguiente; la que desarrolla las habilidades heredadas y las coloca al alcance de las generaciones venideras. Cesáreo, recién retornado de Francia tras casi cuatro años de residencia en la capital de la nación, seguía buscando al hombre actual, el que sobrepasaba a todos, lleno aún de miserias. Y al parecer, pasado y presente confluían en Portugal, escenario de su próximo trabajo.
Acababa yo de trasladar al aeródromo a una compañera de nacionalidad brasileña en trance de regresar a su país, y volvía de Lisboa sola en el coche. Iba camino de Vilanova de San Pedro, yacimiento al que dediqué casi tres meses: veintiocho días del mes de mayo, junio entero y tres cuartas partes de julio, que iniciaba entonces su cuenta. Tuve hambre, y en la carretera secundaria por la que iba me detuve ante una fonda que conocía de ocasiones anteriores. Dada la época, la hora y la pequeñez del local, no me extrañó que todas las mesas estuvieran ocupadas; incluso una auxiliar utilizada como depósito de utensilios.
Junto a la ventana abierta al huerto de la casa, un joven fijaba en mí su mirada de manera insistente. Me sentí incómoda, parada bajo el dintel como estaba, dificultando el trasiego del servicio y de los comensales. Alzó el joven la mano, y sirviéndose del pulgar señaló un asiento vacío frente al suyo, en su propia mesa. Sólo pretendía franquear el paso y salir de mi turbación, nada más eso, de verdad, cuando me dirigí por el pasillo abierto entre las sillas de anea hacia el punto en que él comía: cercano a la puerta de acceso al jardín, espacio previo a los surcos cuajados de hortalizas, donde dos o tres personas esperaban a que alguien acabase. Carecía de otra intención que la de dispersar las miradas en mi coincidentes.
No tenía yo mucho mundo; era la primera salida al extranjero, recién terminada la carrera, y noté, preocupada, que un cierto rubor me encendía las mejillas. Pensé salir al patio florido, porque el lugar prometía una rusticidad íntima y agradable que los dueños, casi con seguridad, no compartían con cualquiera. Pero al llegar frente a él y situarme a un metro de su tupida barba, espesura tintada de un negro encendido, brillante; se elevó cortés y abrió los labios finos en una sonrisa franca, hospitalaria, tranquilizadora; gesto que tuvo continuidad en el ademán de invitarme a compartir la mesa, tablero redondo del que a todas luces malgastaba una parte. Sobre el mantel de cuadros vi humear un guiso casero de los que tan ávida he sido, y mi apocamiento comenzó a retroceder.
Sin desearlo del todo, pero sin poder eludirlo, ocupé la silla vacía al tiempo de entregarle la mano, el nombre y la razón de mi presencia. Sorprendida por tal atrevimiento, que chocaba de frente con mi innata timidez, escuché a medias que se llamaba Cesáreo, venía de Tánger y subía desde el Algarve, cumpliendo alguna extraña misión, a Oporto. Tuve a mi disposición, sin apercibirme apenas, dos platos superpuestos, pan, el servicio de cubiertos y una jarra de agua que al parecer yo había pedido. Dibujando una graciosa mueca como las que se forman en el rostro para solicitar permiso, el gentil muchacho me sirvió, tratando de evitar el derrame de alguna gota, dos cazos de la olla que compartíamos. Vuelta en mí, dueña ya de los actos y de los pensamientos, tuvimos una conversación prometedora. Retrocedió hacia el Sur después de despedirnos, y se presentó en el yacimiento dos días más tarde. Lloviznaba cuando llegó, y sin embargo eran flores lo que caía, unas margaritas minúsculas destinadas a embellecer el instante floreciendo el campo. Sentí alegría al ver su figura de nuevo, un contento que esponjaba mi interior receloso, ablandándolo. Había modificado sus planes primeros, los de quedarse en Oporto. Mediante una ligera corrección geográfica en el desarrollo de su próxima novela, pudo quedarse conmigo hasta que el intempestivo vislumbre de agosto dio por finalizada mi estancia. Iba y venía el hombre hablando con los lugareños, visitando museos, bibliotecas, archivos; y tomando unos apuntes que, al anochecer, con voz pausada, me leía.
En Madrid pudimos vernos con la pobre frecuencia consentida por el trasiego en que ambos andábamos metidos. Almuerzos apresurados, cenas algo sosegadas, bucólicos paseos por el Retiro, excursiones a pueblos abandonados o a lugares turísticos. Por último, el monasterio de El Escorial y sus alrededores, territorio de mi niñez, mi propia casa. Al principio desde fuera, piedra sobre piedra; en otras ocasiones el interior y sus habitantes, mi adorada familia. Nos entregamos de lleno a una creciente amistad que iba armonizando en lo posible vidas tan dispares y a la vez tan relacionadas. Frente por frente llegamos a habitar cuando Cesáreo, abandonando el aposento provisional que ocupaba desde su regreso de Francia, alquiló una vivienda arreglada de precio, situada junto al parque que yo veía desde mi terraza.
Si tras los viajes coincidían nuestras estancias en la capital, nos encontrábamos al anochecer, entrando por el postigo de una ligera charla acerca de lo ocurrido, en conversaciones serias que solían llegar hasta la madrugada. Hablábamos del origen del Universo y de la aparición de la vida; acerca del azar y los métodos de búsqueda, de la recién definida cladística, de la historia, de la sociología, de la sicología acaso. De la civilización universal hablábamos, de los hitos representados por Egipto, Asiria, Persia, Grecia, Roma; de las grandes culturas que albergaron y de su influencia. Sobre las distintas teorías originadas por los mismos hechos o ante idénticos problemas, de los encuentros con antiguas realidades ya olvidadas. De la enorme diversidad de formas que adquiere la vida, de la imparable evolución, de la deriva de los continentes y de los caminos seguidos por el desarrollo tecnológico en los distintos períodos, divergentes sólo en apariencia.
Tales conversaciones nos conducían al hombre, crecido animal que aún ha de forzar sus instintos, individuo social capaz de sacrificarse por otros. Todo ello, asunto del interés de ambos, preocupación mutua, nos acercaba, finalmente, al poema de Gilgamesh, a Homero y a Virgilio o al anónimo autor del Libro de los Muertos, a Shakespeare, a Cervantes o Dostoievski. Sucede, si queremos verlo así, que la naturaleza es una y una su larga trayectoria, resultado de avances y retrocesos; y unidas como están las generaciones sucesivas en una misma raya continua y sinuosa, sirven por igual los aciertos que impulsan y los errores que detienen. Entrábamos en el análisis somero de las religiones, de las filosofías hilvanadas en el transcurso de los siglos, de las ideas que han movido y mueven a la acción a las generaciones sucesivas. A nosotros nos referíamos, dotados de un renovado afán indagador, buscadores incansables de los resquicios que permiten descubrir explicaciones, para trenzar con ellas, a modo de mimbres, consistentes teorías. Las horas se suceden presurosas si nos sentimos completos, es de dominio público; y el miedo a perder la felicidad alcanzada la hiere y nos disminuye.
Sucedió en aquellos anocheceres, en aquellas madrugadas: elaboramos un mapa de intereses mutuos, de valiosas coincidencias, que contenía mil jalones al menos. Eran éstos los logros científicos nacidos de la observación perseverante de la naturaleza; sencillos, considerados uno a uno desde nuestra posición, pero prodigiosos para su tiempo; eslabones de una cadena que pasando por nuestros días se dirige a un mañana inconcebible. El tosco labrado de las hachas de sílex, el posterior pulido y la incorporación del astil. El descubrimiento de las propiedades del fuego, su recreación por medio de la herida que el eslabón causa al pedernal, el dominio y aprovechamiento. La fundición de los metales destinada a moldear útiles precisos y resistentes. La aplicación, en el traslado de cargas imposibles de arrastrar, del incansable giro del círculo sobre su propio eje. Los primeros balbuceos del habla, la aprehensión de la realidad por medio del dibujo y la pintura, el desarrollo de las grafías, la paulatina comprensión de la naturaleza, el beneficioso influjo de las migraciones, las normas de convivencia que la necesidad dicta, los sueños perseguidos y las quimeras.
Todo ello, la fracción abstracta y el pedazo concreto, constituía el tablero donde jugábamos nuestra partida entrecortada, interrumpida por los viajes que tratábamos de hacer coincidentes. Sucedía nuestra amistad, crecía el afecto, como en el escenario de un teatro sin concha y sin apuntador; espacio cerrado al que daban varias puertas por las que hacíamos mutis y a través de las cuales regresábamos.
Jericó, la más antigua de las ciudades que en el mundo han sido, Kirokitia, Cukurkent, Hacilar y Egina, me atraen por temporadas; imán se hacen, también, Bucak, Biblos, Cnosos, Arpachiyah. En ellas, sedimentos y estratos, las excavaciones representan el penoso esfuerzo; y los hallazgos el premio estimulante, la restauración del optimismo. Cráneos, utensilios, monedas: vestigios diversos del errante caminar humano, de las prolongadas permanencias en un lugar concreto, originan apuntes, dibujos, fotografías que dilatan el equipaje en el regreso. Ya en mi escritorio, releo, modifico, compruebo, añado, suprimo; elaborando, espinoso colofón de mi tarea, teorías que, contrastadas debidamente con otros expertos, se editan en revistas prestigiosas o en libros que consultan los estudiosos.

 

 

 

 

 Plegamientos

 

 

Éramos ambos poco dados al comportamiento convencional; transgresores, desobedientes de las normas inflexibles, las de estrechez caprichosa e inútil. Nos considerábamos progresistas, cifrando el progreso en la conquista y extensión de la felicidad, una felicidad real y posible, de andar por casa. Defendíamos los valores humanos de palabra y de obra, y por encima de todo, defendíamos al hombre, al indómito y al doblegado. Partidarios del cuidado de los animales, de plantas y rocas; y del consumo responsable de los recursos puestos a nuestra disposición. Sensibles al amor, sí; sin especificar o específico: afinidad, confianza y entrega. No obstante, se vio alterado el resultado de nuestro trabajo; retrasado en su progreso, ganaba en belleza y hondura. Circunstancia que, si bien adornaba las narraciones de Cesáreo, en mis informes, ajenos en general al tono poético, resultaba chocante.
Viajar juntos; he ahí nuestro primer sueño. Cesáreo y yo lo proyectamos con sumo cuidado. Habría de darse coincidencia geográfica entre su idea inicial, su historia recién hilvanada y mi lugar de búsqueda; entre el escenario de su fantasía y el yacimiento de mis investigaciones. Pensábamos en novela histórica, aunque cualquier trama ambientada por entero o de manera parcial fuera de nuestro ambiente, habría de servir del mismo modo. Si su trabajo de campo, la parte de la tarea que en él es estudio del espacio, toma de datos y colecta de testimonios; si esa fase inicial durase un lapso próximo al que toma la mía; podríamos partir juntos, vernos cada noche, ponernos al corriente de nuestros avances y regresar a la vez. Es más, en ese supuesto, la elaboración definitiva de nuestras tesis coincidiría sin ejercer ninguno de los dos demasiada fuerza.
¡Oh!, la vana fiesta de las ilusiones; al perfecto plan lo abofetea una realidad sin alma. Desdibujada por nuestra voluntad la confundimos con el deseo, hecho frecuente en el comportamiento humano, que seduce durante breves momentos e incrementa el dolor del desengaño lindante. Nos parecían similares los procesos seguidos, y en esa similitud apoyábamos nuestra pretensión. Lo intentamos en dos oportunidades y en ambas resultó, de manera simultánea, una pérdida de tiempo para uno y un agobio para el otro; pues se sentía observado y presionado en una tarea que exige, como primera condición, caminar al propio ritmo, navegar a impulsos del aire soplado por las circunstancias. La serenidad languidecía agostada por la inquietud. Éramos demasiado responsables para situar nuestra actividad profesional en segundo término, supeditada a unos sentimientos afectados por esa misma postergación.
Examinando las razones del error, descubrimos un cúmulo de discrepancias que salaban el terreno destinado al cultivo de las coincidencias. La Universidad decide el perímetro de mi próximo encargo, y parte, por obligación, de la pobreza de alternativas; pues si el número de excavaciones es de suyo reducido, mi propia especialización lo amengua. Partía Cesáreo de un pensamiento, de una visión general más o menos nítida del asunto, mejor o peor delimitada; obedecía a un estímulo recibido durante un paréntesis de insomnio en el reposo nocturno, cruzando una calle, al hablar con un desconocido, leyendo cualquier libro, en medio de una discusión o escuchando las noticias del parte en la radio.
Porque si descomponemos sus relatos, encontraremos dos porciones complementarias: una inventada, hija de los convencimientos y de las experiencias, de sus apetencias y rechazos, afectada por el estado de ánimo; y otra real y verdadera que, normalidad y excepción, se rige por las reglas del comportamiento humano, resistiéndose a cuanto la bordea. En la práctica de mi profesión todo ha de ser método, orden, lógica. Debo analizar el terreno para conocerlo y abrirlo mejor; y situada ya en el lugar preciso, levanto con suavidad cada piedra, cada cantillo, cado grano de arena o de gres, hasta dar con algún conjunto o elemento de presumible utilidad, decididos a hablarme de sus cosas, válidas en la ordenación del rompecabezas que explique el ambiente de su entorno, las circunstancias que la propiciaron y destruyeron.
El tiempo empleado por Cesáreo en la fase narrativa no es previsible. Fluctúa dependiendo de la complejidad de las historias contadas y de los personajes creados. Debe ajustar en dosis mudadizas la razón con la emoción; debe equilibrar los distintos comportamientos, acechando constantemente la progresión del argumento y la verosimilitud de las situaciones. Un párrafo puede ocuparle varias horas de trabajo y, en otro momento, culminadas a su gusto, de un tirón desgrana cuatro o cinco páginas. Por contra, el producto acabado es para mí un edificio sólido, levantado ladrillo a ladrillo sobre inamovibles cimientos, siguiendo unos planos trazados y aceptados por la inflexible comunidad científica.
Buscando la coincidencia de espacio Cesáreo adaptaba su proyecto a mi posición. “Cuestión de matices, no hay más”: afirmaba; pero percibía yo a su generosidad corrigiendo las circunstancias definitorias del protagonista, desviando el asunto de sus carriles para llevarlo a los míos.
Reflexionamos acerca de la quimera de nuestro deseo, pero no desistimos; y como las trayectorias paralelas no nos aprovechaban cuanto habíamos previsto, lo intentamos con las tangencias y las intersecciones. Algunos de sus trabajos se valieron de mi preparación científica y de mi conocimiento del devenir histórico. A los míos les vino bien su escritura precisa y limpia, bandeja de plata para servir mis investigaciones a las revistas de divulgación, en cuyas páginas, un público amplio, interesado pero inexperto, las comprendía sin lugar a dudas. Reproduje el mundo celta, y es solamente un ejemplo, para que situara en él a los personajes de una de sus novelas, dejándolos actuar como personas de entonces.
La decisión de abandonar Madrid, alejándonos de las personas y organizaciones que activan el mundo cultural; y el acuerdo de establecer en Salamanca el lugar de residencia, tomados casi de manera simultánea, representaron, de hecho, una sólida declaración de intenciones. Nuestro trabajo iba a ser en adelante tan sólo un medio de vida, una ocupación dedicada a dar alcance a la cercana felicidad. Permaneceríamos juntos mientras quisiéramos, sin sentirnos forzados por ningún compromiso.
Despacho, biblioteca, salón, alcoba, patio y alameda: de Salamanca hicimos nuestro hogar. La Plaza Mayor, el Barrio Viejo y la Universidad, las derruidas murallas, el arco sobre el Tormes, las catedrales, la Casa de las Muertes, las iglesias, los conventos y el Palacio de Monterrey. Salamanca fue nuestra calle estrecha, nuestra espléndida avenida, nuestra ciudad antigua y moderna, elegante y popular; un espacio de amistad y convivencia con personas de diversos países y culturas, agricultores, tenderos, oficinistas, estudiantes, profesores; unos de aquí al lado, otros venidos de lejos.
En la hospitalaria isla salmantina nos creíamos a salvo de asechanzas; pero los prejuicios preceden a los juicios y los condicionan. Nuestra singular manera de vestir, la distinta forma de obrar y las particulares circunstancias de nuestro amor, terminaron por dañarnos. Recibíamos visitas que se quedaban en casa varios días, de noche llegaban personas estrafalarias que se iban de noche. Eran perseguidos del poder debido a sus ideas o creencias, pero la gente, por fortuna, lo ignoraba. Así acumulamos fama de promiscuos: partidarios del amor libre y de las llamadas camas redondas, inclinaciones atribuidas a los hippies con quien nos identificaban. Los conocidos veían el apéndice menos escandaloso de nuestra conducta. Vivíamos juntos sin que sacerdote alguno, de cualquier rito, hubiera bendecido nuestra unión; de modo que rebasábamos el concepto de amigos sin llegar al de esposos: imprecisa tierra de nadie, indigna mezcla de posturas que jamás habían visto de cerca. Puso en evidencia la vida abierta de Salamanca, lo que el anonimato de Madrid silenciaba, la irregularidad de nuestras vidas. Tan alto hablaban los difamadores que alcanzaron los ecos a ambas familias. Pero no se trataba sólo de los familiares, de los vecinos y amigos; nosotros mismos acabamos siendo nuestros censores. La educación recibida de frailes y monjas, pese a nuestro rechazo, obraba su efecto.
Soy frágil; “alas de mariposa, copo de nieve”, alabanzas de Cesáreo, “pruno florecido, rocío al alba”. Un cuerpo delicado enfundado en una voluntad de hierro; “el empeño que la naturaleza pone en perpetuar incluso los elementos efímeros y quebradizos”, también expresión de Cesáreo: eso soy. Padezco desde la adolescencia dolores musculares y jaquecas, y es peor cuando no está él para aliviarme. Ponía su palabra en mi oído convenciéndome de un bienestar inexistente, hasta que, sugestionada, veía alzar el vuelo a mis males; al África cálida iban, pájaros que regresaban debilitados, temerosos de la acción ahuyentadora de su voz pausada. Cualquier dolor escapaba a la suave presión de sus manos fuertes, flexibles, delicadas. Bajo sus caricias sucumbían mi tensión, mi malestar y mi cansancio.
La gestación día a día se vigoriza en mi vientre, afirmando el suelo a mis pies, dibujando sobre la cabeza el techo cósmico, tejado de parpadeantes estrellas. Luz que se enciende en la oscuridad, y tras descubrir la materialización de los sueños se apaga en mil fuegos mínimos que incendian el interior sublimado; así debió de ser la noticia de mi preñez para Cesáreo, elevado por ella a la más alta de las posiciones humanas. Dentro de mí germina su esencia, en mis entrañas alienta una vida, hija y heredera de las nuestras. Nos nacerá un vástago, niña si mi deseo y el de Cesáreo se cumplen, fruto de la voluntad de perpetuarnos, mezcla de capacidades y potencias, su vivo retrato; y Cesáreo permanecerá en ella junto a mí tiempo y tiempo.

 

 

 

Sol difusor del oro

 

 

 Tíbet, esencia y existencia.

Reflexión de Cesáreo Gutiérrez Cortés al regreso de Tíbet con su novela Alabanza de la serpiente alada, inspirada y escrita allí.

La tradición, alforjas repletas de objetos variopintos, de ideas, de hallazgos, de espejismos y supersticiones; baúl escondido en el desván, heredado de los ancestros por sus vástagos, gentes sencillas, dadas más a creer que a pensar; la fábula colectiva, granero del que toman las gentes lo necesario para extender su vida mísera; la leyenda asumida como verdad hecha y derecha, tan cargada de mérito que obtiene de los creyentes el regalo de aunar potencia, esencia y existencia; la epopeya popular, en definitiva, dice que Buda nació de su madre sin el concurso de varón. Un elefante blanco penetró en el seno femenino durante el sueño nocturno, y surgió de las entrañas convertido en infante. Un niño que vino a modificar las costumbres, a sustituir unas verdades viejas por otras nuevas. En adelante: ni Dios, ni jerarquía sacerdotal, ni castas. Todo en esta vida es contrariedad causada por el apego a los bienes terrenos. El Nirvana, estado último de iluminación, acaba con la angustia; y al Nirvana se llega siguiendo el Noble Sendero Óctuple, camino que exige, además de la práctica de la virtud: palabra, acción y sustento; la concentración mental: esfuerzo, abstracción y vigilancia; y la sabiduría: mirada y entendimiento. Hoy se venera la huella dejada en una roca por Sanga Dorge, predicador del budismo a los serpas de Shar, instante preciso en que tocó tierra al finalizar su viaje por los aires desde Rong-phu. Apenas hace cien años se erigió un santuario a la permanente marca que el paso del tiempo desvanece y los sacerdotes perfilan. La tradición es un tesoro entregado por los abuelos a los nietos con el mandato de preservarlo, enriquecerlo y ponerlo, formulando idéntico encargo, en manos de los descendientes.
El artista nómada se desplaza en Tíbet de unos templos a otros, embelleciendo a todos por igual. En su intención está la paridad pero también la mejora; de hecho, luchan en su alma sensible los dos objetivos contrapuestos. Termina por recorrerlos una y otra vez, en rueda, con el ánimo de igualarlos mejorando. ¿Cómo diferenciar estilos, épocas, influjos, dado este orden de cosas? Los tanka se firman, cierto; pero con frecuencia se superponen las telas cosidas que los forman o se pinta sin rodeos sobre la urdimbre y la trama. En tejidos de lino o de algodón bien tensos, se extiende de manera uniforme una mezcla formada por siete partes de yeso y una de cola. La masa establece íntima unidad con el lienzo y el aire del ambiente orea el conjunto en el bastidor. Dibujos hilvanados con carboncillo, el pintor errante libera allí la memoria de su arte milenario; primero el centro protagonista, el resto más tarde, encargándose los pinceles de distribuir los colores definitivos. El amarillo no es sino arsénico engrandecido por su primoroso acomodo; proviene el azul, del índigo; de la cochinilla, el rojo. La sabia y rica naturaleza provee al espíritu industrioso de los elementos precisos para su avance.
Los monjes llegan denotando una parsimonia que no es tal; van uno tras otro, flemáticos, desarraigados del entorno y del fluir cotidiano, hasta de la propia vivienda. Gotas de agua aisladas marcan el inicio del chubasco; son copos fundidos, predecesores de un invierno por fuerza níveo, helado e inactivo. Han sido invitados los cenobitas por una de tantas familias, nada especial la señala. Durante varios días recitarán los textos sagrados: su voz, monótona e incansable, dirigirá la cantinela sin fin como un río adulto que desciende manso a través de valles cada vez más profundos; y elevará una insignificancia el tono en imposible vuelta atrás, pero al fin la salmodia se disolverá en un mar sonoro, tranquilo y abundante.
Los vecinos se suman a la ceremonia, estamos en un pueblo alto del Himalaya difícil, próximo al cielo infinito; si la noche es clara, tocaremos las estrellas con la punta de los dedos y nuestro corazón alcanzará la felicidad. Las mujeres, esponjas que absorben con interés las enseñanzas, traen el té y el chang a intervalos irregulares en su deseo de no perder detalle. El ambiente es de recogimiento mental y de corporal reposo. Los niños se inician en el camino de la perfección, los mayores progresan en su instrucción religiosa. Son alargadas las páginas de los libros, ancho el lugar que ocupan sus renglones; han sido impresas con planchas de madera, y para grabar una tablilla dos personas meticulosas emplean cuatro jornadas completas. Es verdad, por añadidura, que dedican al cuidadoso esfuerzo todo el tiempo disponible: el que va desde el temprano inicio del día, hasta bien avanzadas las horas nocturnas; iluminándose con el medido resplandor de las lamparillas de aceite.
Penetro en Sum-tsek, templo de tres pisos de Alchi. Me atrae una pintura mural que descubrí al terminar el estudio de una mínima porción de techo y retirar de ella mi atención. Representa en forma geométrica, apoyándose en una simetría engañosa, el Universo íntegro o una parte que contiene el todo, pues en ella están las fuerzas impulsoras. Observo complacido el mandala Vajra-Dhatu, deteniendo el tiempo en mis pupilas. Primero una mirada de conjunto que se pierde en los mil detalles. Es preciso apartarla de los intereses particulares para que disfrute los beneficios del todo. Cuadrado que abraza un círculo, protector éste, dentro de su aro inflexible, de un cuadrado más pequeño dueño de otro círculo interior. Vairocana, el buda resplandeciente, sedente en su trono, es el centro de todos los círculos, el centro de todos los cuadrados. Otros cuatro budas, correspondientes a los cuatro puntos cardinales, ocupan su estratégico espacio, gobernando el arriba y el abajo, la izquierda y la derecha. Vértices y puntos intermedios sirven de asiento a divinidades femeninas. Los dieciséis bodhisattvas, protectores de la fe, símbolos de la acción beneficiosa, llenan uno de los círculos. Samanta-Bhadra y Vajrapani, están representados en la parte inferior. A la izquierda aparece una divinidad protectora. El argumento descrito se ve superado con creces por el insinuado; las figuras, numerosísimas, repetidas sólo en apariencia, son todas distintas y están dibujadas siguiendo las enseñanzas de los textos sagrados, donde el simbolismo adquiere una rígida jerarquía. El artista se considera afortunado, pues posee un pequeño espacio de libertad, un reducido plano de independencia, suficiente para dejar su impronta efectuando imperceptibles cambios sobre lo establecido.
La inquietud, el desasosiego y los variados puntos de vista llevan a visiones peculiares de la realidad; haciendo de ella otra muy diferente, postura inicial y consecuencias. Ya tenemos el punto de partida de un nuevo intento, que desemboca durante el postrer instante en una situación extrema, irreconciliable con la vivida hasta entonces. Partículas volátiles se disgregan de las convicciones arraigadas, abriéndose en catarsis profunda que cuestiona los principios de la globalidad existencial. De ello surge una limpieza de prejuicios que coloca al espíritu en completa inocencia frente al porvenir, página en blanco que desea ser escrita. El hombre es barro endurecido al sol y, frente al universo enorme, un minúsculo germen de grandeza: arrastrada larva, crisálida enclaustra y florida mariposa.
La ida y la vuelta, la noche y el día, la acción y la espera, la continuidad y el cambio: los eternos principios contrapuestos están aquí presentes como opción, y conviene tomar partido. Antigüedad y renovación luchan en Oriente; y una tercera vía de síntesis puede no ser el tercero en discordia sino la ruptura del dilema. Occidente quiere un Oriente próximo a sus gustos, a sus necesidades; y Oriente ha de romper su inercia y mudar el paso porque Occidente empuja con la fuerza arrolladora de las imprecisas leyes del comercio.
Aparece el Tíbet cercado por países que flotan en el mar de la modernidad como gigantescos bloques de hielo; a la deriva si creemos la impresión recibida de los sentidos, pero con un rumbo previsto por la llamada Economía de Mercado, que hace gala en este caso de una paciencia oriental. Es posible preservar a el Tíbet de todo influjo materialista. La transformación del entorno, el inminente cambio de sistema económico en Asia, reclama un Tíbet libre de contaminación, puro; reserva, referencia, mojón, contraste y faro encendido. Lo que deba hacerse al respecto ha de hacerse ahora, o no se hará nunca.

 

 

LA TRANSICIÓN de Cesáreo Gutiérrez Cortés en palabras de Pedro Sevylla de Juana

Reflejan estas páginas el acuerdo más importante de mi vida, considerado imprescindible para afrontar el futuro, sea este cual sea, porque, sin lugar a duda, lo habrá. Decidido a cumplir la voluntad de Cesáreo en lo referente a dar a su río de la vida un cauce más largo, pensamos juntos la mejor manera. No había ninguna forma con ventajas solas, todas arrastraban inconvenientes. Evitar el ataque recibido por el sencillo método de no entrar en ese local, dejaría a la mujer sin ayuda inmediata y acaso futura. Evitar la muerte del defensor por manos de los doctores, tratándose de heridas necesitadas de un largo y complejo periodo de operaciones y curas, iba a dejar secuelas de difícil arreglo, tanto físicas como psíquicas: eso dijeron los expertos. Digamos que, persona rigurosa con los hechos y la justicia que los procura, aceptó salvarse por las manos de la medicina sabia y persistente, aceptando los problemas derivados como inevitables. Físicos y psíquicos por igual, aunque ya no volviera a ser el mismo. Es consciente de que su vuelta a la vida representará en el entorno más cercano un verdadero seísmo. Todo lo acepta y a eso vamos.
La prolongación de la vida de Cesáreo, como escritor, está en mi mano hacer si se dan suficientes razones. Porque no deja de ser un milagro de resurrección que rompe los hechos previstos, abriendo un futuro desconocido en el entorno. Configurarlo y darlo a conocer, a estas alturas de mi vida se convierte en un viaje que ni yo mismo esperaba emprender. Todo cambia, nada permanece, la muerte solo es una parada para mi amigo y compañero. Una parada para tomar aliento y continuar las previsiones y los actos nuevos. Su continuidad es la piedra arrojada al estanque y las ondas que se inician con voluntad de seguir produciéndose. Cesáreo elige la vía de la curación de las heridas, mortales de necesidad, y la aceptación de las secuelas que ellas y su largo periodo de recuperación van a infringirle. Tales son los periodos imprecisos de dolores musculares que le postran en el lecho o al lado, sillón de orejas que ha tomado su figura. Duran una temporada más o menos larga, más o menos corta, en función de las expectativas y del empuje puesto en su logro. Dificultad que, sabida de antemano, allana en parte el recorrido.
Murieron sus padres cuando Cesáreo se sometía a las cirugías en la primera parte de su recuperación malograda. Él debe saberlo ahora y aceptarlo. En cuanto a ellos, poco cabe decirles de la nueva vida del hijo, pues ya no poseen sentidos que sientan ni mente que piense. Los padres murieron de vejez y de armonía, rodrigón y planta, planta y rodrigón el uno del otro, con el último pensamiento puesto en el hijo atravesado de cuchilladas y en la esperanza de un milagro. Aquí, amigo Cesáreo, te dejo esta novedad que debes conocer para sentirte satisfecho: tus padres concluyeron de la mejor manera. Se habían hecho a las ausencias producidas por tus frecuentes viajes, y murieron esperando tu curación para seguir esperándote.

 

PUNTO DE PARTIDA

Últimos momentos de Cesáreo
Deambulaba aquella tarde satisfecho, deslizándome por callejas donde la vida desarrolla su lucha cotidiana, cuando el griterío de una pendencia llamó mi atención. Salían las voces del lado derecho de la calle angosta -hilera de casas de mediana altura- y llegaban, sin duda, a los pisos altos y a las cercanas esquinas. Provenían los gritos de la parte central, originados a menos de treinta metros de mi vagar errático; abstraído yo los oía, puesta la cabeza en las historias de un artificio absorbente. Sin intención inspectora advertí en las paredes de ladrillo cubierto de masa pardusca, la existencia de unos desconchados profundos, heridas causadas por una intemperie de años sin defensa ni corrección. A medida que me acercaba se iban definiendo los matices de las exclamaciones, identificándose con más exactitud el lugar del alboroto. Mi pésima memoria dibujaría con todo pormenor la puerta pintarrajeada, ya que, sobre ella destaca un cartel dedicado a sacar del anonimato al local dándole nombre. Cuyo tamaño, excesivo, sobrepasa en anchura las dimensiones del dintel. Pensaba salir de aquel laberinto aligerando el paso, en el preciso momento en que el ayear fue de hembra angustiada y, en su queja, reclamaba auxilio. De dos zancadas me puse en la cancela, la abrió mi impulso y presencié una escena que resultaría indignante para cualquier persona sensible. De un solo vistazo corrido abarqué la parte baja de un bar, compuesto según las apariencias por dos plantas. Una mujer yacía en el suelo al pie de la escalera, a cuyo arambol de hierro trataba de asirse. Giró la cabeza y percibí un trazo de sangre reciente cruzando sus labios; un cardenal índigo, derivado de alguna agresión, enmarcaba el ojo izquierdo; resultando imposible no apreciar el maquillaje disperso y la expresión aterrada. Miraba impotente a un energúmeno que blandía el fuerte brazo de un sillón hecho añicos. Un camarero situado tras la barrera de cinc del mostrador, pasando lentamente una rodea, aparecía ajeno a los hechos. Seis o siete parroquianos sentados en torno a dos mesas, tensos, inmóviles y, a simple vista atemorizados, observaban el ataque. Me interpuse, recuerdo, con un gesto instintivo. Esquivé, el primer golpazo separándome a tiempo. El ímpetu puesto por el mozo en el ataque se volvió contra él. Pues quedó hecho un ovillo sobre el suelo de baldosas moteadas.
La mujer, asida a la barandilla como a clavo ardiendo, inició una mueca triste que deseaba ser una sonrisa dirigida a mí, el bienintencionado David dispuesto a enfrentarse al malvado Goliat. Percibió mi retina la escena y la grabó indeleble, fui el testigo capaz de repetir mil veces los detalles dedicados a proporcionar verosimilitud al conjunto. Los ojos del fanfarrón enrojecieron de rabia. Lo aprecié con alarma. Se levantó raudo, lanzándose hacia la parte del mostrador que, junto a un cuchillo jamonero, ofrecía raciones de guisos oreados y una tabla de embutidos y quesos a medio cortar. La ira, su ira más profunda, la menos esclarecida, empuñó la cortante herramienta cambiando su uso al de arma. La ira y el orgullo lo empujaron, sorprendido el rufián en su propio terreno. Sucedió todo tan de improviso, que, tras un pequeño giro y dos precisos impulsos del brazo agresor, abiertas por la hoja punzante, acogía mi vientre dos cuchilladas. Su rostro no parece el mismo, ha ganado suavidad; como si la tensión y el miedo la hubieran petrificado entonces. Ha venido a verme, se ha explicado con verdadera intención en todos los aspectos, imagen que mira desde el interior del espejo. Conozco sus frentes variados, desde el nombre de Perla con el que la distinguen, hasta los rincones escondidos que ignora. Ha venido a amparar mi defensa, a dar razón a mi gesto, como excusándose por haber gritado llamando mi atención. Sabe que me operan con mucha frecuencia y controlan las constantes vitales con aparatos sin responsabilidad, eximentes de la suya a los cirujanos. Es merecedora de mi ayuda. Lo hubiera sido, en cualquier caso, desvalida y desgraciada. Aprovechó el tiempo disponible y entiende que, a los actos, no los justifican sus consecuencias sino el empeño impulsor de la buena intención. Viene de lejos, del continente africano y de una arcaica cultura. Viene de la arrogancia ancestral y del denuedo inquebrantable. Está aquí forceje ando con un destino hostil que cierra de día los huecos que ella abre de noche. Está aquí porque aquí está su batalla presente. Sabe que no hay lugar en la tierra donde pueda vivir sin lucha. Ha venido a dárseme y ya soy suyo. Hasta ahora me ignoraba activado por un hígado y un páncreas. Hoy, cuando los médicos los nombran con sigilo, siento a ambos sufrir. Mas no es el dolor físico el más acuciante, agudo, intermitente. No son las palpitaciones, reflejo del corazón, sístoles y diástoles puestos en las heridas, en las aberturas exigentes de cuidados. No, no es el dolor físico el dañino, con ser tan fuerte que, a intervalos, exige calmantes. Duele más la violencia impuesta a los débiles, a quienes olvidan sus potencias paralizados por la continua opresión. Produce más daño la tortura de la injusticia que protege al codicioso, atenazando a los desabrigados, postrándolos bajo las botas humillantes. Es mayor el suplicio del desafuero, pues paga con el miedo inspirado las uvas agraces al arrancarlas. Sometimiento en vez de afecto, pasividad en lugar de adhesión. Cuerpos inertes en sustitución de las voluntades anudadas por la fraternidad. La desolladura de mi vientre demuestra tan sólo la momentánea intención de herir. El improvisado deseo de causar daño invadió de repente a mi atacante. Nada dice de su índole perversa, por eso no la doy por probada. La precisión de las hendiduras penetrando órganos vitales, pudo buscarla el experto por puro placer competitivo, a la manera en que el tirador al blanco reúne sus disparos en un mínimo espacio, situado, además, en el centro de la diana. La precisión pudo ser perseguida, sí. Incluso ese modo no revela de él la habilidad sino la torpeza; pues su existencia habrá tomado un giro impensado. Veo salir un acre humillo producto de la dilución de los tejidos, de la lenta ignición; y siendo mi carne inerte la receptora del corrosivo derramado, puedo disculpar la ineptitud de las manos temblorosas que manejan el ácido sulfúrico o el agua regia. Excuso a mi agresor, que en un segundo borró todos sus proyectos, frenó sus carreras y, mero instrumento de la ira, estará arrepentido. Una madre tiene, sin duda, sufriendo cada día la permanencia del hijo en la cárcel. Perdono de todo corazón su proceder alocado y, si mi olvido reduce siquiera una pizca su pesar, olvido. Desde la privilegiada atalaya a la que han subido mi cabeza–mullido cojín colocado bajo la nuca– mis ojos advierten las vendas entintadas de aguadija sanguínea, huella del desbarajuste que el cuchillo, dos veces hendido, ha causado en mis entrañas. Ven mis ojos las piernas inclinadas hacia el mismo lado, paralelas, simétricas, incapaces de escapar a las querencias de una camaradería de ocho lustros. Perciben el pecho híspido cruzado de rasgaduras superficiales, repujado de postillas. Miran mis ojos los pies descalzos, como inquiriendo: ¿Qué se hizo de los calcetines, de los zapatos de piel ovina?, ¿Qué fue del tejido suave y del cuero bien curtido, flexible piel de ternera condenada a garrote? Observan las puntas de la barba, espesura crecida a su albedrío, sin otro estorbo que el tijeretazo destinado a volverla a su sitio, dibujando los límites de su entusiasmo, de su libertad vigilada. Este paisaje me pertenece, soy yo examinado por mi criterio concluyente, ejercicio tantas veces intentado sin éxito debido a la transitoriedad de las convicciones. En la habitación existe un espejo destinado a atrapar mi desencajada figura antes de que lo hagan las pupilas. En él las pupilas me sorprenden con una mirada nueva, metafísica, que saca conclusiones contradictorias de cuanto me afecta. El brusco sueño de la conciencia posibilitó a mi mente guardar sensaciones fragmentarias, carentes de pedazos mínimos. Durmió la atención en el instante preciso, en el momento álgido, siguiendo itinerarios previstos por la naturaleza para evitar el desconsuelo de las personas. Desperté en un entorno aséptico dominado por el color blanco, suelo, techo y paredes, objetos y personas. El lecho del hospital es arena costera, lugar de naufragio de la ballena varada. La ballena es un delfín crecido de apetencias, agigantado de codicias. Presentimientos y temores aceleran el desarrollo de los propósitos. Mientras, el tiempo escapa de las manos abiertas. El lecho del hospital es la tumba de los trabajos que el hombre se toma para diferenciarse de sus iguales. Es el hipogeo de su ambición desmedida, delfín convertido en ballena simulada. No somos nada extraídos del conjunto. Nos damos cuenta de esa realidad de golpe, cuando el cirujano se sirve de sus facultades para frenar el avance de la muerte. Somos un erial del agricultor obligado a roturar, sacando a las peñas una fertilidad que no han tenido nunca porque no está en su esencia esa virtud. La cama del hospital es un pozo insondable al que desciende el moribundo en las elucubraciones de su duermevela. Lenta es la caída, propia de plumón ventral, de papel ligero, de cabello sutilísimo. Una ráfaga de viento frena la evolución y el tránsito se retrasa, supuesta merced pedida con los brazos en cruz a quien tiene la responsabilidad de prolongar la vida. Soy un agonizante que no sabe si quiere o no quedarse en este valle de abundancia. Ribera de río irrigador de cereales, raíces, bulbos, para crecerlos alimento suficiente, aunque el repartidor hierre, a propósito, su acción distribuidora. Aunque entregue más a sus concordantes, y nada, o tan poco que casi es nada, a quienes poseen un rostro desviado de su mal definida estética. Se manifiestan en las heridas, de modo simultáneo en cada una de ellas, las miserias inherentes al ser humano que soy: pequeñas debilidades sobre las que he venido haciendo la vista gorda, junto a fallos de bulto disculpados como corresponde a una criatura solidaria con quienes sufren las mismas deficiencias.
En estos momentos cruciales es preciso hacer arqueo. Por eso, calibrándome con los ojos tolerantes de medir a los míos, cargado de benevolencia, me juzgo y me absuelvo. La indulgencia alcanza a mi verdugo; como yo, víctima. Mi cariño abraza a la mujer caída en el suelo, macerada a golpes a lo largo de su irregular trayectoria. ¡Cuánta ternura ha sembrado y cuánta la queda aún sin desenvolver! Se corresponde mi corazón con el suyo, ambos se superponen; aurículas y ventrículos coinciden. Los amigos y mi amada Úrsula se resisten a abandonar el interior de mi pecho a través de las tajaduras, troncos erguidos de una misma arboleda de la que el hacha me separa. El cerebro no ceja en su actividad, invariable interrogatorio dirigido a los misterios del Universo, esperando que, tanta insistencia, logre entreabrirlos. Elabora así, apresurado, preguntas sucesivas, al parecer esenciales. Cuestiones llegadas de lejos sin urgencia, sin que importe a la demanda ser o no atendida, que la respuesta sea una u otra, convincente o improvisada para salir del paso. Desconocemos si existen sogas a la medida de los pozos profundos, puentes que crucen las corrientes más anchas, placidez para cada dolor y fin previsto a cualquier principio. Nadie asegura que las contingencias estén numeradas, que su ordenamiento obedezca a alguna sensatez. ¿Se sabe qué ramal hemos de aceptar en la bifurcación, adónde conduce el situado en el centro, cuál es el sentido de nuestra agonía? Percibimos entonces, no la verdad, de suyo imperceptible, sino su lenguaje extraño, su ajena dimensión. La vemos flotar arriba cuando nosotros gateamos. Es como si los signos con los que expresa su profundidad formaran también dibujos de una historia baladí, aceptada en sustitución de la auténtica, biografía provisional que pasa a ser, sin darnos cuenta, la definitiva. En el lecho de muerte se representan las diversas vidas: la propia, dirigida hacia adentro, sin fingimientos ni imposturas; la vida que los demás vieron, la constituida en ejemplo de otras retrasadas, la que pudo ser y no fue según revela ahora el inventario emprendido. En el lúcido torpor invasor de la mente se unifican todas, se intercambian confusas, se aclaran con una luz misteriosa que las ilumina desde el interior, por el lado de las causas. Intentamos desesperadamente raspar las tachaduras de los signos escritos, blanquear los borrones, alisar la superficie, tornarla tersa en una caricia horizontal, más presentable, en definitiva. Procuramos sacudir las alfombras polvorientas, sacar las mantas al balcón para que la polilla vuele hacia arcones herméticos, disimular las telas de araña. Dándonos cuenta, enseguida, de la inutilidad del empeño, pues nuestra transparencia nada oculta. Un golpe de tos acerca un vaso de agua a nuestros labios, alejados como nunca de la sed y de las líquidas necesidades. Unas manos blancas levantan con suavidad nuestra cabeza y esponjan la almohada, por si el enfermo aspirara a morir bien acomodado, a entregarse al sueño inacabable sin molestias. Tras la momentánea interrupción, arrancamos de nuevo. Nos ponemos a elaborar planes para cuando la convalecencia pierda la razón justificable o justificadora. Para cuando la salud tome la circunvalación de la vida o el atajo de la muerte, siguiendo uno u otro de los sentidos opuestos. Fallido el intento de ordenar el futuro próximo en línea con la perfección exigida al pasado inmediato, vamos al principio regresando al instante a la realidad postrera. Esa es la textura roja y blanca, colores aislados de la seda, puros, sin el pigmento que los soporta; rojo y blanco definidos, acabados, concretos. Estamos ante una seda inmaterial. La vemos pasar a través de nuestras pupilas tiñendo de blanco y de rojo el universo concentrado en la habitación; tonos virginales, prístinos, ora sueltos ora mezclados, reunidos por fuerzas telúricas y separados en individualidades.
Soy consciente de mi equivocación, un error alargado hasta ahora: corrí en todo instante tras las situaciones aisladas. Comprendo, de pronto, como iluminado por un relámpago, que la propia esencia del mundo es la mezcla de los enemigos, los contrarios abrazados, el bien y el mal, el blanco y el negro, la vida y la muerte; y se dan estas formas, conciliadas como los opuestos polos de la piedra imán, tanto en las personas como en las cosas. Los afines poco tienen que entregarse, el intercambio para ellos es inútil.
Conociendo que en el vientre de la amadísima Úrsula bulle una nueva vida, esencia de ambos destinada a expandirnos, muestra mi deseo clara predilección por la permanencia. La existencia se asienta en el proceso vital iniciado a partir de mis padres, casa de pastores y campesinos de Valdepero. Advierto que, si viviera a pesar de las heridas mortales, si después de todo continuara yo mi inconcluso camino, buscaría de manera distinta. Quizá en otras partes, fijándome en pormenores aún sin atención. Así hallaría, ¡vaya si hallaría! Iba a encontrar pruebas donde solía mirar perspectivas y horizontes: el sitio apropiado para el giro del viento, el porqué del graznido del cuervo, la razón última del galope del caballo –silla de montar cortada en la cincha y caballero herido– después de la batalla. Incluso el sentir de la enorme roca rodando montaña abajo porque una hormiga ahuecó el mínimo terrón que la frenaba. Hasta la avidez con que las gotas de lluvia se unen para formar torrentes. Pues sé, en este mismo instante, que fenómenos tan insignificantes puede ser los que almacenan, diáfana, la disimulada explicación del mundo. Se me ha revelado un nuevo método de exploración que entiendo infalible. Debido a este solo hecho noto que es irreversible la fase en que me encuentro. Debo de estar entrando en la misteriosa eternidad de la que nadie vuelve. He traspasado –apenas albergo dudas respecto a tal punto– la barrera sobre la que nunca se han dado explicaciones. Todo me resulta discernible en este crítico momento. Soy capaz de medir la enorme distancia existente entre dos granos de arena vecinos, entre dos cabellos de un mismo mechón. Por contra, la indiferencia pinta de un solo color cada uno de los descubrimientos del trance. He buscado sentido a las marchas agitadas de las personas, diferenciando en décimas de grado la inclinación sobre la norma, y sé, al parecer ya tarde, que nada tiene importancia: la imparcialidad es la única regla universal, la no intervención es el mandato supremo. No ocurre porque esté todo previsto, que puede estarlo, sino debido a que la tolerancia es grande. Nuestra rigidez en los pesos y medidas resulta absurda cuando en el Universo mil toneladas es polvo estelar, y mil millones de kilómetros forman el palmo cósmico. La clasificación exhaustiva y el orden invariable se revelan contraproducentes, el intervencionismo ocasiona efectos desastrosos. Conozco, ahora, que retrasan el desarrollo y el progreso. Varón o mujer, al hijo destinado a sobrevivirme me dirijo: Permite que la naturaleza entera fluya según sus propios deseos, no te vacíes para convertirte en cauce, no cruces presas a la corriente, no alces muros; deja surgir, deja ir, deja llegar; limítate a ver sin sobresaltos la marcha de la vida hacia su propia justificación. El caos resultante es el orden verdadero. El azar es el auténtico señor de piedras, plantas y animales, de tiempos y distancias.

PUNTO DE LLEGADA

Del antiguo al nuevo Cesáreo
Artista pensador él, concebí a Cesáreo Gutiérrez Cortés como protagonista de una novela anterior llamada Ad Memoriam. Mi idea fue evolucionando con el paso del tiempo. Lustros después, en una larga reflexión descubrí mi conformidad con el análisis que hice de su obra. También el descontento nacido por la forma de contar hechos esenciales de su vida, en especial la muerte prematura. Pudo ser en Palencia la conversación, patria de ambos, durante la visita del iberoamericano Brice, apócope de Briceño. Alfredo Briceño Gómez se citó en el parque de los Jardinillos con un escritor llamado Cesáreo, nacido y crecido a menos de una legua. Concretamente en la calle Mayor de Valdepero, línea de unión de la Tierra de Campos y El Cerrato, límite exacto de León y Castilla, de donde estima el peruano que puede arrancar parte de su sangre, la procedente de este lado del charco. De manera que Alfredo Brice Gómez se imagina unido a Cesáreo Gutiérrez Cortés por algo más que una simple inquietud escritora, por algo distinto al afán de ser notario de la vida; se juzga unido al palentino por la carne y el espíritu, raíces del habla y las ideas que intentan atarle a estos pagos. Vienen ambos de una tribu cazadora de la edad de piedra. Aspecto este que desconoce Brice si se dio en su país, que se daría, pero de otra manera: más desaforada, seguro; pues así es su tierra, enorme y sin meter en cintura. Vienen ambos de una tribu que se fue mezclando con cuanta tribu antigua —invasora o conquistada— se topó.
Para que el lector tenga conocimiento claro de esa circunstancia esencial, pongo aquí los términos concretos de las heridas recibidas por Cesáreo en un barrio de la ciudad de Madrid, añadiendo el trascurso vital que desembocó en la muerte. Corregía mi amigo Cesáreo, en esos días, las pruebas de la edición en marcha, cubierta y tripas, participando en cada una de las partes del proceso como suele hacer. Por eso salía de la sede que la editorial tiene en el paseo del Prado, cuando acababa de hablar por teléfono con Úrsula. Deambulaba aquel atardecer contento, sin destino fijo, deslizándose por callejas donde la vida desarrolla su lucha cotidiana, cuando el griterío de una pendencia llamó su atención. Salían las voces del lado derecho de la calle estrecha, hilera de casas de mediana altura, llegando, sin duda, a los pisos altos y a las esquinas cercanas. Provenían los gritos de la parte central, originados a menos de treinta metros de su vagar errático. Los oía, abstraído, puesta la cabeza en las historias de un artificio absorbente. Sin intención inspectora advirtió, en las paredes de ladrillo cubierto de masa pardusca, la existencia de unos des conchados profundos, heridas causadas por una intemperie de años sin defensa ni corrección. A medida de sus pasos iban definiéndose los matices de las exclamaciones, concretándose con más exactitud el lugar del alboroto. Conozco esas calles y el barrio, debido a mi estancia, moderadamente larga, en una pensión de la calle del Prado, frente al Ateneo. Estudiante yo, solía caminar con algún amigo por los alrededores, buscando restaurantes de precio asequible para cenar. La mala memoria de Cesáreo dibujaría con todo pormenor la puerta pintarrajeada, porque sobre ella destaca un cartel que saca del anonimato al local dándole nombre; cuyo tamaño, excesivo, sobrepasa en anchura las dimensiones del dintel.
Pensaba salir de aquel laberinto aligerando el paso, en el preciso momento en que el ayear fue de hembra angustiada y reclamaba auxilio. De dos zancadas se puso en la cancela, la abrió su impulso y presenció una escena que resultaría indignante a cualquier persona sensible. De un vistazo corrido abarcó la parte baja de un bar, compuesto, según dedujo, por dos plantas. Una mujer yacía en el suelo al pie de la escalera, a cuyo arambol de hierro trataba de asirse. Giró la cabeza, y Cesáreo percibió un trazo de sangre reciente cruzando sus labios. Un cardenal índigo, derivado de algún manotazo, enmarcaba el ojo izquierdo; siendo imposible no apreciar el maquillaje disperso y la expresión aterrada. Miraba impotente a un energúmeno que blandía el brazo de un sillón hecho añicos. Un camarero situado tras la barrera del mostrador, más seis o siete parroquianos sentados en torno a dos mesas, tensos, inmóviles, a simple vista asustados, observaban el ataque. Se interpuso Cesáreo con un gesto instintivo, esquivando el primer golpazo al agacharse a tiempo. El ímpetu puesto por el mozo en el ataque se volvió contra él, derribándolo sobre el suelo de baldosas motea das. La mujer, asida a la barandilla como a tabla de salvación, inició una mueca triste que deseaba ser una sonrisa dirigida a mi amigo, el bienintencionado David dispuesto a enfrentarse al malvado Goliat. Percibió en su retina la escena grabándola indeleble, testigo que repetiría mil veces los detalles capaces de proporcionar verosimilitud al conjunto. Los ojos del fanfarrón enrojecieron de rabia. Se levantó raudo y corrió hacia la parte del mostrador que, junto a un cuchillo jamonero, ofrecía raciones de guisos oreados y una tabla, a medio formar, de embutidos y quesos. La ira, su ira más profunda, la menos esclarecida, empuñó la herramienta cambiando su uso al de espada. La ira y el orgullo empujaron, sorprendiendo al rufián en su propio terreno. Llevaba lo sucedido tanta urgencia, que, tras un pequeño giro y dos rectos impulsos del brazo agresor, acogía el vientre de Cesáreo dos cuchilladas abiertas por la hoja punzante.
Hubiera deseado el herido ser tratado en el hospital de Palencia. De acuerdo con lo sucedido a Briceño en su episodio narrado tras llegar, muy pronto primero y muy tarde después, a la cita, privándolos el destino de conocerse.
El proceso no difiere mucho entre hospitales. En el de Madrid, como Brice en el de Palencia, Cesáreo llega a distinguir variados sonidos: desde el muy cargante producido por el chorro de gas al atravesar el agua que lo humedece, hasta el originado por su propia respiración desacompasada, más llevadero. Ruidos tan diversos como el derivado del sistema de respiración asistida, más atropellado cuando añadían los aerosoles; o el de la cisterna, corto al vaciarse, catarata caída de golpe, alargado al irse llenando lentamente hasta donde la boya acepta. Sones que si se producen próximos son claros, nítidos; pero si nacen en otras habitaciones, situadas al principio del largo pasillo, él ocupaba una del final, precisan al experto que Brice se hizo en su estancia hospitalaria palentina.
Enterada de todo por el interés puesto en desvelar el silencio, dolida y doliente, unos días después llegó al hospital su amadísima Úrsula. Trataba ella de quedarse con el amado, más los médicos, debido a su embarazo, no lo permitieron. Fue imposible guardar más silencio. La ausencia inexplicada comunicaría una noticia aún peor. Temiendo algún mal añadido la vio sufrir un sufrimiento grande, aumentado porque llevaba el del amado y el de ella juntos. Calmantes e inconsciencia son todo uno. Cuando el herido volvía en sí, dolía su dolor, pero dolía más el dolor de Úrsula. Deseaba verla, queriéndola a la vez reposando la gestación en Salamanca. Hablaban un poco algunos días, aunque esas llamadas no representaban solución duradera. Hablan de Perla, ya conocen el nombre y saben lo suficiente de ella. Uno de esos días, en hora de visita, se presenta emocionada. Su rostro no parece el mismo, ha ganado suavidad. Debió suceder que la rigidez y el miedo, en el aciago momento la hubieran solidificado. Ha llegado a verle, se ha explicado con verdadera intención en todos los sentidos, imagen que mira desde el interior del espejo mal azogado. Conoce el herido sus frentes variados, desde el apelativo con el que la distinguen hasta los rincones escondidos que ella misma ignora. Se presentó en el hospital con la intención de amparar la defensa del defensor. Iba a dar razón a su gesto, como excusándose por haber gritado llamando la atención. Sabe que le operan reiteradamente, controlando las constantes vitales con aparatos sin responsabilidad que eximen de la suya a los cirujanos. Siendo como es, se muestra merecedora de la ayuda recibida. Lo hubiera sido en todo caso, desvalida y desgraciada. Pero, a mayores, aprovechó el tiempo disponible para sí y los demás. Entiende que a los actos no los justifican sus consecuencias, sino el empeño que impulsa la buena intención. Vino de lejos, del continente africano y de una cultura arcaica. Vino de la arrogancia ancestral y del empuje inquebrantable. Permanece en su lugar, forcejeando con un destino hostil, que cierra de noche los huecos abiertos por ella de día. Está en este país, porque aquí está su batalla presente. Sabe que no hay lugar en la tierra donde pueda vivir sin lucha. Fue a darse al herido por entero, haciéndose Cesáreo suyo del todo. Quiso él que Úrsula y Perla coincidieran, aunque fuera solo un ratito. Pretendía que se conocieran para sumar significado a su acción, haciéndola mejor entendida y aceptada. Así debió de suceder, porque la amada, apreciando a la víctima, valora el gesto espontáneo y lo justifica. No daría marcha atrás su pensamiento sobre la acción defensiva, aunque desease con todas las fuerzas que las heridas no se hubieran producido. Hasta ese momento se ignoraba mi amigo activado por un hígado y un páncreas. Pero, cuando los médicos los nombraban con sigilo, siente a ambos órganos sufrir. Mas no era el dolor físico el acuciante, agudo, intermitente. No eran las palpitaciones, reflejo del corazón, sístoles y diástoles puestos en las heridas, en las aberturas que reclamaban cuidados. No, no era el dolor físico el dañino, con ser tan fuerte que a intervalos cortos exigía calmantes. Dolía más la violencia impuesta a los débiles, a quienes olvidan sus potencias paralizados por la continua opresión. Produce más daño la tortura de la injusticia que protege al codicioso, atenazan do a los desabrigados, postrándolos bajo las botas humillantes. Sí, es mayor el suplicio del desafuero que paga con el miedo inspira do las uvas agraces que arranca. Sometimiento en vez de afecto, pasividad en lugar de adhesión y cuerpos inertes en sustitución de las voluntades anudadas por la fraternidad. Para Cesáreo, la desolladura del vientre demostraba la momentánea intención de herir, el improvisado deseo de causar daño que invadieron de repente a su atacante. Nada decía de su índole perversa, por eso no la dio por probada. La precisión de las hendiduras penetrando órganos vitales pudo buscarla el experto por puro placer competitivo, a la manera en que el tirador al blanco reúne sus disparos en un mínimo espacio, situado en el centro acorralado de la diana. La precisión pudo ser perseguida y, aun así, no revela de él la habilidad, sino la torpeza; pues su existencia habrá tomado un giro impensado. Imaginaba el paciente un humillo acre producto de la dilución de los tejidos, de la lenta ignición. Siendo su carne inerte la receptora del corrosivo derramado, pudo disculpar la ineptitud de las manos temblorosas que manejaban el ácido sulfúrico o el agua regia. Excusó al agresor, porque en un segundo mínimo borró todos sus proyectos, frenó todas las carreras y, mero instrumento de la ira, estará arrepentido. Una madre tiene, sin duda; una esposa, acaso. De ser así, habrán de sufrir ellas cada día la permanencia del hijo o marido en la cárcel. Perdonó Cesáreo de todo corazón el proceder alocado de su atacante. Añadiendo el olvido si su olvido reducía siquiera una pizca el pesar del encarcelado. Desde la atalaya privilegiada a la que subían su cabeza, mullido cojín colocado bajo la nuca, sus ojos advertían las vendas entinta das de aguadija sanguínea, huella del desbarajuste que el cuchillo, dos veces hendido, causó en sus entrañas. Veían sus ojos las piernas inclinadas hacia el mismo lado, paralelas, simétricas, inca paces de escapar a las querencias de una camaradería que contaba ya ocho lustros. Percibían sus retinas el pecho híspido cruzado de rasgaduras superficiales, repujado de postillas. Miraban sus cristalinos los pies descalzos, como inquiriendo: «¿Qué se hizo de los calcetines, de los zapatos de piel ovina? ¿Qué fue del tejido suave, del cuero bien curtido, flexible piel de ternera condenada al vil garrote para venderla por partes?». Observaban sus ojos las puntas de la barba, espesura crecida a su entender, sin otro estorbo que el tijeretazo semanal destinado a volverla a su sitio, dibujando los límites de su entusiasmo, de su libertad vigilada. Ese paisaje le pertenecía, era Cesáreo examinado por su criterio concluyente, ejercicio tantas veces intentado sin éxito debido a la transitoriedad de las convicciones. En la habitación, más allá de sus pies, en la pared de enfrente, colgaba un espejo capaz de atrapar su figura desencajada antes de que lo hicieran las pupilas. En el espejo, las pupilas le sorprendían con una mirada nueva, metafísica, sacando conclusiones contradictorias de cuanto le afectaba directa e individualmente. Conoce el autor algunos aspectos que el personaje no está capacitado para imaginar. El sueño brusco de la consciencia posibilita que la mente guarde sensaciones fragmentarias, carentes de pedazos mínimos, aunque esenciales. Duerme la curiosidad en el instante preciso, en el momento álgido, siguiendo itinerarios previstos por la naturaleza para evitar el sufrimiento de las personas. Despierta en un entorno aséptico dominado por el color blanco, suelo, techo y paredes, objetos y personas. El lecho del hospital es arena costera, lugar de naufragio de la ballena varada. La ballena es un delfín crecido de apetencias, agiganta do de codicias. Presentimientos y temores aceleran el desarrollo de los propósitos mientras el tiempo escapa como arena seca por entre los dedos de las manos abiertas. El lecho del hospital es la tumba de los trabajos que el hombre se toma para diferenciarse de sus iguales, es el hipogeo de su ambición desmedida, espada y martillo sumando impulso a la penetración. No somos nada extraídos del conjunto. Súbitamente nos damos cuenta de esa realidad, momento en que el cirujano se sirve de sus facultades para frenar el avance de la muerte. Somos un erial que el agricultor se obliga a roturar, sacando a las peñas una fertilidad que no han tenido nunca porque no está en nuestra esencia esa virtud. La cama del hospital es un pozo insondable al que desciende el moribundo en las elucubraciones de su duermevela. Lenta es la caída, propia de plumón ventral, de papel ligero, de cabello sutilísimo. Una ráfaga de viento frena la evolución. El tránsito se retrasa, supuesta merced pedida con los brazos en cruz a quien tiene la responsabilidad de prolongar la vida, naturaleza alerta. El agonizante no sabe si quiere o no permanecer en este valle. Elevaciones de abundancia productora de innúmeras carencias. Ribera de río receptora del líquido en raíces y bulbos, creciéndolos alimento suficiente para que el repartidor hierre, a propósito, su acción distribuidora. Dejando, así, más a los semejantes a él, y nada, o tan poco que casi es nada, a aquellos que poseen un rostro desviado de su estética difusa. Se manifestaban en las heridas de Cesáreo, de modo simultáneo en cada una de ellas, las miserias inherentes al ser humano. Pequeñas debilidades sobre las que iba haciendo la vista gorda, sumadas a fallos garrafales, disculpados como corresponde a una criatura solidaria con quienes sufren las mismas deficiencias. En aquellos momentos cruciales era preciso hacer arqueo. Así que, calibrándose con los ojos tolerantes de medir a los suyos, cargado de benevolencia, se juzgó. La indulgencia alcanzó a su verdugo, también víctima. El cariño abrazó a la mujer caída en el suelo, macerada a golpes a lo largo de su trayectoria irregular. ¡Cuánta ternura ha sembrado y cuánta permanece aún sin desenvolver! Se corresponde el corazón del defensor con el de la defendida, ambos superpuestos: aurículas y ventrículos coincidentes. Los amigos y la amada Úrsula se resisten a abandonar el interior del herido a través de las tajaduras, troncos erguidos de una misma arboleda de la que el hacha les separa. Quisiera conocer la vida que va a sucederle, quisiera ser testigo de la evolución junto a la madre, ayudando con todas sus fuerzas al crecimiento de la criatura. Su cerebro no ceja en la actividad, interrogatorio invariable dirigido a los misterios del universo, esperando que tanta insistencia logre entreabrirlos. Elaboraba así, apresurado, preguntas que parecen esenciales; aunque llegaban sin urgencia, sin que importara a la demanda ser o no atendida, que la respuesta fuera una u otra, convincente o improvisada para salir del paso. Lo veo yo de igual modo. Desconocemos si existen sogas a la medida de los pozos profundos, puentes que crucen las corrientes más anchas, placidez para cada dolor y fin previsto a cualquier principio. Nadie asegura que las contingencias estén numeradas, ni que su ordenamiento obedezca a alguna sensatez. ¿Se sabe qué ramal hemos de aceptar en la bifurcación, adónde conduce el situado en el centro, cuál es el sentido de nuestra agonía? Percibimos entonces, no la verdad, que no es perceptible, sino su extraño lenguaje, su aparente dimensión. Sucede como si la verdad flotara arriba cuando nosotros gateamos, como si los signos con los que expresa su profundidad formaran también dibujos de una historia baladí, aceptada en sustitución de la auténtica, biografía provisional que pasa a ser, sin darnos cuenta o equivocándonos, la definitiva. Entiendo que Cesáreo se hiciera esas preguntas en los momentos irremediables, porque yo me las hago si en esa situación me pongo. En el lecho de muerte, lo he oído decir y estoy convencido, se representan las diversas vidas. La propia, dirigida hacia adentro, sin fingimientos ni imposturas. La vida que los demás vieron, la constituida en ejemplo de otras retrasadas, la que pudo ser y no fue según revela el inventario emprendido. En el lúcido torpor que invade la mente se unifican todas, se intercambian confusas, se aclaran con una luz misteriosa que las ilumina desde el interior, por el lado de las causas. Intentamos con desesperación raspar las tachaduras de los signos escritos, blanquear los borrones, alisar la superficie arrugada, tornarla lisa en un pispás, renovarla. Procuramos sacudir las alfombras polvorientas, sacar las mantas al balcón dando opción a la polilla de volar hacia los arcones herméticos, disimular las telas de araña; dándonos cuenta, enseguida, de la inutilidad del empeño, pues nuestra transparencia nada oculta. Me siento Cesáreo en los instantes cruciales, cuando mi mente desea conocer sus sensaciones y sentimientos postreros. Un golpe de tos acerca un vaso de agua a nuestros labios, aleja dos más que nunca de la sed y de las líquidas necesidades. Unas manos blancas levantan con suavidad la cabeza y esponjan la almohada, como si el enfermo aspirara a morir bien acomodado, a entregarse al sueño inacabable sin molestias. Tras la mínima interrupción, nos ponemos a elaborar planes, válidos cuando la convalecencia pierda la razón que la justifica, cuando la salud tome la circunvalación de la vida o el atajo de la muerte, siguiendo uno u otro de los sentidos opuestos. Fallido el intento de ordenar el futuro próximo, en línea con la perfección exigida al pasado inmediato, aparece un tejido rojo y blanco. Sus colores son los colores aislados de la seda, puros, sin el pigmento que los soporta; rojo y blanco definidos, acabados, concretos. Un tejido de seda así, inmaterial, pasa a través de nuestras pupilas tiñendo de blanco y de rojo todo el universo concentrado en la habitación. Tonos virginales, prístinos, ora sueltos, ora mezclados, reunidos por fuerzas telúricas y, a la vez, separados en individualidades contradictorias. Es consciente el moribundo de su equivocación, un error prolongado hasta los espacios y tiempos extremos: corrió día tras día hacia las situaciones aisladas. Comprende, de pronto, como iluminado por un relámpago, que la propia esencia del mundo es la mezcla de los enemigos. Los contrarios abrazados, el bien y el mal, el blanco y el negro, la vida y la muerte; siempre y nunca negándose indefinidamente en el infinito etéreo. Se dan estas formas, conciliadas como los opuestos polos de la piedra imán, tanto en las personas como en las cosas. Los afines poco pueden entregarse, el intercambio para ellos resulta poco útil. Advierto que si, a pesar de las heridas mortales, continuara viviendo Cesáreo, cuando muestra su deseo clara predilección por la permanencia… Si después de todo continuara el camino inconcluso, probabilidad crecida conociendo que en el vientre de su amadísima Úrsula bulle una vida nueva, prolongación y síntesis de la de ambos… De poder emprender una nueva exploración, buscaría de manera distinta, en otras partes, fijándose en pormenores que dejó sin atención, y hallaría, ¡vaya si hallaría! Iba a encontrar pruebas donde solía mirar perspectivas y horizontes: el sitio apropiado para el giro del viento, el porqué del graznido del cuervo, la razón última del galope del caballo, silla de montar cortada por la cincha y caballero herido, regresando al cuartel después de la batalla. Encontraría el sentir de la roca enorme, rodando montaña abajo cuando una hormiga ahueca el mínimo terrón que la frenaba. O la avidez de las gotas de lluvia al unirse para formar torrentes. Imagino yo, al margen de esas circunstancias letales, en ese instante mínimo, que fenómenos tan insignificantes puede ser los que almacenan, diáfana, la explicación disimulada del mundo. Se le ha revelado un nuevo método de exploración entendido como infalible. Por este hecho noto que es reversible la fase en que se encuentra el moribundo. Le pienso detenido ante la misteriosa eternidad de la que nadie vuelve. Permanece, apenas albergo dudas respecto a tal punto, ante la barrera sobre la que nunca se han dado explicaciones, resultándole todo discernible en ese relámpago temporal. Ahora se encuentra capacitado para medir la enorme distancia existente entre dos granos de arena vecinos, entre dos cabellos de un mismo mechón. Sí, lo sé, la indiferencia pinta de un solo color las revelaciones del trance en retroceso. El cerebro comienza la búsqueda de sentido a las marchas agitadas de las personas, diferenciando en milésimas de grado la inclinación sobre la norma. Comprendiendo que nada tiene importancia: la imparcialidad es la única regla universal, la no intervención generalizada es el mandato supremo. No ocurre porque esté todo previsto, que puede no estarlo, sino debido a que la tolerancia es grande. Nuestra rigidez en los pesos y medidas resulta absurda cuando en el universo mil toneladas es polvo estelar, siendo mil millones de kilómetros el palmo cósmico. La clasificación exhaustiva y el orden invariable se revelan contraproducentes, la intervención continuada ocasiona efectos desastrosos; conoce, por fin, que, retrasándolos, impiden el desarrollo y el progreso. Varón o mujer, al sucesor con quien va a convivir, se dirige Cesáreo, enseñanza y magisterio que continuarán en adelante: Permite que la naturaleza entera fluya según tus propios deseos, no te vacíes para convertirte en cauce, no cruces presas a la corriente, no alces muros. Deja surgir, deja ir, deja llegar. Limítate a ver sin sobresaltos como todo marcha hacia su propia justificación. El caos resultante es el orden verdadero. El azar es el auténtico señor de piedras, plantas y animales, de tiempos y distancias. El azar sigue reglas lógicas que desconocemos. De este modo reflexiono sobre la prolongación de la vida de Cesáreo. Lo pongo aquí para que el lector conozca la razón de su queja. Se convirtió en héroe y murió temprano, ciertamente temprano. Tras su manifestación dolida, comprendí mi deber. Había de concederle el derecho de rectificación asistente a cualquier personaje. De modo que el trabajo expuesto a continuación, aunque no es global, puedo decir que es íntegro. Parte de mi conocimiento personal sobre él, crecido tras la lectura de su esclarecimiento llamado Convicciones de quien ha vivido. Persona él de un gran ingenio, con esas dos fuentes principales, en el capítulo siguiente me propongo explicarlo tal como lo vi, tal como lo seguiré viendo.

 

 

 

 

 

 Acerca de Alba Gutiérrez Peña

Alba nació en la ciudad de Salamanca, hija de un escritor de talento y de una arqueóloga aventajada, ambos fallecidos a deshora. Es una joven de buena estampa y cursa estudios universitarios en Madrid. Suele aprovechar el momento y su conducta se empeña en obedecer más a la lógica que a las emociones. Está convencida de que vamos, si nada cambia la trayectoria, hacia una nueva organización social. Ella la ve formada por la conjunción de capitalismo y democracia representativa. Se trata de una simbiosis, en extremo fructífera, que basa su diario actuar en la emocional y moldeable opinión pública, constituyendo un hallazgo histórico destinado a perpetuarse. Eso piensa y, con ese pensamiento en bandolera, actúa socialmente: ver, oír, pensar, entender y, lo más importante, actuar en consecuencia.
Escribió una frase que pongo aquí, destacada, porque revela la posible síntesis de su herencia: «Prefiero la luna llena, aunque en la noche cerrada me serviría una luciérnaga». El objetivo máximo como empeño, aunque contempla alternativas asequibles por si la realidad acabara concretándose de otra manera.
La circunstancia de no haber conocido a sus padres espoleaba inquietudes desde que alcanzó la consciencia; muy pronto porque maduró temprano. Pregunta, indaga, rastrea, escudriña, y lo hace en pos de información fiable. La ausencia de recuerdos alimenta en ella un manantial de preguntas. Todas giran en torno a un asunto, su necesidad de autoafirmarse. La escasez de elementos de juicio propicia la búsqueda exhaustiva, el intento renovado de establecer un suelo sólido, tierra firme, plataforma continental de sus convencimientos y de sus actos. Madre y padre dotados de rostros fijados al papel fotográfico, su manera particular de vida, la irregular pareja que formaban, andando el tiempo, han ido debilitando la confianza de Alba.
Hasta cumplir los diecisiete años, Cesáreo fue un muchacho como los demás, cortado por el mismo patrón, cosido con puntadas similares. A partir de entonces su forma de expresarse, su manera de hacer, denotaban una personalidad definida y bien diferenciada. Luego comenzó a viajar, Francia como primero de sus destinos. El alejamiento y la separación se rompían en las esporádicas visitas, reducidas de modo progresivo hasta quedar en dos anuales: fechas opuestas de la Navidad y el corazón del verano. Desde allí, París y periferia, llegó a la Europa más cercana. Oros países de otros continentes lo recibieron a continuación por motivos de trabajo.
De Úrsula destacaban, en la primera juventud, la afición a los estudios y la necesidad de aprender, el dominio de las situaciones difíciles con la sola herramienta de la facilidad verbal, su imperioso deseo de vivir y, por encima de todo, el amor a la naturaleza. Alba, debido al desconocimiento de particularidades acerca de la vida de Cesáreo y de su convivencia con Úrsula, en la época del colegio sintió el peso de la orfandad en cualquiera de las facetas consideradas. Sorprendía reservas, rumores, palabras apenas unidas que cortaban su hilo al acercarse y se supuso hija de amores ilícitos, desdeñados por la sociedad. De ahí, a pensar que su padre fue un aventurero escapado de sí mismo, hecho a la vida fácil y a la francachela, que murió, como suele ocurrir a individuos así, víctima de su mal gobierno, solo había un paso y, en determinados momentos, lo dio.
En contra de esa suma de ecuaciones mentales, las fotos vistas por Alba pertenecientes a la madre, retratos de distintas edades, algún paisaje roto por su presencia en traje de faena, rodeada del equipo de colaboradores junto a cualquier yacimiento, revelaban una evidente cordura, un equilibrio bien visible.
Pasó Alba su niñez entre la villa de El Escorial, al amparo de los abuelos maternos; y el señorío de Valdepero, junto a la familia de su padre. Se vio rodeada de cariños disímiles que le hicieron despegada y a la vez egoísta. El despilfarro estaba condenado en ambas casas; se huía de él con naturalidad, de manera instintiva, en manifiesta independencia de la situación económica. El gasto desmedido se veía pecado, transmitía la mala suerte y propiciaba el regreso de los tiempos de escasez, esperados con temor por recurrentes. Tal proceder constituía actitud refleja, como el respirar o el ceder a la invasión del sueño nocturno. El colegio le puso al tanto de las materias y los modos necesarios para destacar y defenderme, en una sociedad perseguidora de la abundancia renovada.
Escribió la hija pensamientos que la revelan inteligente y pensadora, muy por encima de lo que cabía pensar dada su aparente desorientación.
No deseo mandar ni ser mandada y tengo por invención humana la compleja idea de la divinidad. Es cierto, siento que el Estado me oprime y me encarrila, y que la propiedad privada alcanza con mucha frecuencia altos niveles de injusticia. Sí, opino que el federalismo es la mejor forma de organización social, si hemos de encauzar la marcha de un país tan variopinto como el nuestro. Veo avanzar el mundo hacia la uniformidad, monotonía del gris, agitado por los antagonismos nacidos de las diferentes interpretaciones del dogma imperante. El enemigo común, acicate del conjunto, es una idea abstracta que cada colectivo concreta teniendo en cuenta sus propios miedos. Nos espera un inquietante porvenir, idóneo para incrementar las diferencias sociales, desencadenante de cataclismos que pondrán a prueba la quebradiza individualidad que trata de levantar cabeza.
Excediendo la noción de meta perseguida, interpretaba la libertad como un sueño renovado, horizonte escondido detrás del horizonte.
Debe saberse que divido el itinerario en etapas y marcho con los cinco sentidos puestos en el suelo que piso. Dígase lo que se diga, en nuestro mundo la violencia somete cada día a la razón. Si bien la brutalidad del individuo aislado, más mal que bien se va neutralizando, el atropello colectivo acaba siendo un medio válido para conseguir cuanto la razón y la justicia niegan. Prueba este aserto un hecho evidente: entre los humanos, la prohibición de matar congéneres no es absoluta; caben excepciones tan alarmantes como la guerra, donde se ordena esa conducta y se premia.
Aun así, añado yo, seguimos, día tras día, considerándonos demócratas y civilizados.
Leía cualquier escrito caído en sus manos y quizá por un deseo de imitación filial o porque le sale de dentro, no sé; el caso es que fija al papel desde hace tiempo sus impresiones, sus sentimientos, las reacciones internas que le provoca lo exterior. «Quiero y puedo, en resumen; y el momento actúa de catalizador, de resorte, de estímulo, de punto de partida. Resistente palanca los pies, hincados en el punto de apoyo de la tierra, para que las piernas impulsen el cuerpo». He leído varias veces esta declaración y la hago mía; así me siento yo cuando escribo. Supongo que les sucede lo mismo a otros escritores.
«Lucha hasta el equilibrio». «La vida antes que nada». Alba hizo propios estos lemas, el primero de Cesáreo y el segundo de Úrsula. Aún permanecen, grabados en placas de cobre, sobre la tapa de dos arcones donde se guardan, separados, los recuerdos de ambos progenitores. Siguen estando los documentos, en las casas de los abuelos, disponibles para los familiares y los investigadores que allí van.
Creo que no ha cambiado mucho la Alba que conocemos por lo leído en este capítulo cuando la encuentra Cesáreo, su padre, superviviente de un ataque a cuchilladas tras meses de recuperación hospitalaria entre la vida y la muerte. Vamos a ser testigos afortunados, lectores ustedes que hasta aquí han llegado, y yo relator emocionadísimo. Se trata de presenciar el momento crucial de la existencia de ambos, hija y padre desconocidos el uno para el otro hasta ese mismo momento. Instante del conocimiento mutuo, del abrazo eterno destinado a fundirse para separarse distintos.
Sucede en Madrid, salón de actos del Ateneo, donde se citaron para la esa ocasión irrepetible, como si se tratara de dos amigos que van a oír una conferencia de su orador preferido. No llegaron a entrar en el auditorio, se sentaron juntos en la sala de la Cacharrería, vacía en esos momentos. No hay abrazo fuerte en el inicio, ni un apretón de manos, solamente miradas cruzadas y silencio a punto de romperse. Se rompe de repente, grita los nombres de ambos cruzados y, entonces sí, la fusión física y química de los tiempos y los espacios. Hablan los dos a la vez, hasta que se dan cuenta y los dos callan para comenzar de nuevo con algo de orden. No hay llegada a los orígenes ni al ahora, se dicen la impresión recibida y la alegría desbordante desbordada. Se refieren a la madre, la arqueóloga incansable, y a lo que la hija estudia y lo que le gustaría hacer. Bendicen a los médicos que han permitido el milagro del encuentro imposible, y ella relata a su padre, casi palabra por palabra, todos los libros que él escribió y ella ha leído: con mayor énfasis, Guerrillero en Chiapas, La viga del carpintero y Desde el centro de la Tierra, denotando sus preferencias. Termina la conferencia y la Cacharrería se llena. Ellos se van a donde los pies los lleven, y los pies los suben por la calle del Prado a la plaza de Santa Ana. Se sientan en un banco vacío, y Cesáreo pide a su hija que le ponga al día de lo que ha sido su vida. Alba va desgranando, comedida y exaltada en momentos inmediatos, lo que sale de dentro, tanto tiempo guardado, y en el desorden que llega.
Sobre la madre, oye Alba decir a su padre lo que en el capítulo Úrsula Peña se explica, asegurando que fue una mujer extraordinaria, dotada de inteligencia y capacidad de trabajo fuera de lo común. Se amaron con un amor inacabable, cuya intensidad no aflojaba en las separaciones, muchas más de las que estaban dispuestos a aceptar. Hicieron planes de trabajo tendentes a coincidir el mayor tiempo posible, pero ni así. No se casaron, es cierto. Fue una decisión aceptada por ambos desde el principio. El matrimonio, convertido en el cementerio del amor y de la libertad, los asustaba. Rutina tras rutina y obligación subida a la obligación: no querían eso en forma alguna. Lo entendió Alba, aceptándolo como razón terminante. Quiso Cesáreo explicar las consecuencias de su curación final señaladas por los médicos. Episodios intermitentes de dolor muscular intenso que le postrarán en el lecho durante semanas. Exigió la hija la promesa de acudir a ella cuando eso sucediera, para compartir el dolor, suavizándolo con su presencia y atenciones.